Artesanías

Dedicado a Don Nicodemus Bartolo quien tiene 40 años de promover. lEl estado de Oaxaca cuenta con un vasto Patrimonio Cultural, herencia de más de ocho mil años de un Desarrollo Humano, fruto del encuentro de la Cultur

Madre originaria y la cultura Occidental, crisol del mestizaje, Oaxaca tiene una amplia gama de expresiones de las culturas indígenas y las Culturas Popular. eProducto de la sensibilidad y creatividad de sus habitantes, el estado de Oaxaca posee en sus siete regiones, un tesoro cultural, producido por la búsqueda incesante de sus mujeres y hombres, por trascender los limitados espacios de su existencia material y a través del arte, llegar a la trascendencia espiritual de su existencia; lo que ha dejado valiosos testimonios de su talento y profunda aspiración

En Oaxaca existen artistas de manera natur. aEl arte, producto de su acrecentada sensibilidad, es un medio por el cual los oaxaqueños expresan sus sentimientos, sus aspiraciones y su más exaltada búsqueda por la trascendencia espiritual de su vida

Evidencias monumentales que datan de milenios y que hoy llamamos "zonas arqueológicas" o construcciones coloniales, tanto religiosas como civiles, que han hecho de Oaxaca, "Patrimonio Cultural de la Humanidad. dLos museos, no sólo de Oaxaca y el país, sino del mundo entero, guardan valiosas pruebas de esta inconmensurable sensibilidad, así como casas habitación de buen gusto de quienes saben apreciar el talento y la sensibilidad de un pueblo en el llamado Arte Popular

El barro, la madera, el metal, la piedra, han sido liberados de su estado natural para incorporarlos al Patrimonio Cultural Oaxaqueño, que expresa su voluntad de ser y trascend eManos sensibles y diestras, corazones florecidos hacen "mentir" a la materia y la llenan de significados sociales y espirituales a través del lenguaje artístico

Los hombres y las mujeres, los niños y los ancianos, todos juntos y de manera cotidiana en sus casas y después de las labores del campo y del hogaCon sus manos laboriosas, con sus corazones florecidos, van creando estas maravillosas piezas, verdaderas obras de arte donde se sabe expresar la inconmensurable fuerza del espíritu humano

En efecto, el arte no es más que "el lenguaje" del espíritu y es por ello que es universaOaxaca no es un pueblo "con" artistas, es en cambio, "! un pueblo de artistas ¡"

Vicente Hernández Vásquez y Familia

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ALEBRIJES

San Martín Tilcajete

"Aquí está la casa de todos ustedes para presentarles algo que es mágico que hacen nuestras manos gracias a nuestra imaginación en la elaboración de los alebrijes, aquí en San Martín Tilcajete, que quiere decir "lugar de tinta".

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Saul Aragón Ramírez

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Alebrijes de Arrazola

Bajo la piel de un oaxaqueño seguramente podrá encontrar a un campesino y a un artesano. Los antiguos mexicanos a lo largo de varios milenios inculcaron a sus hijos y los hijos de sus hijos, a florecer el corazón a partir de “flor y canto”. Entendiendo “la flor” como la belleza producida por las manos y el corazón del ser humano. Sea esta la transformación de materiales que la naturaleza proporciona para convertirlos, además de objetos utilitarios, en objetos de un alto sentido estético. Y por supuesto, en el cultivo del campo. En efecto, la tierra es embellecida por el trabajo de las manos del hombre. El campesino hace temblar a la tierra con su amoroso trabajo.


Arrazola es un pequeño pueblo que se encuentra en las faldas de Monte Alban hacia la parte Suroeste. Su nombre proviene de una hacienda y que más tarde se convirtió en pueblo. Es aquí donde nace la tradición de la talla en madera de copal y pintada a mano de figuras mitológicas y fantásticas, así como de animales y algunas plantas e insectos. Fue Don Manuel Jiménez quien a mediados del siglo pasado se dedicaba a hacer máscaras para las fiestas y un día llevó sus sueños a la madera y el color, naciendo en Oaxaca esta clase de alebrijes que ya es una tradición de la Cultura Popular.  Esta es la razón por la que fuimos a visitar a uno de los artistas populares del pueblo.

“Me llamo Saúl Aragón Ramírez, tengo 30 años y vivo en San Antonio, Arrazola, municipio de Xoxocotlán, en la calle Álvaro Obregón número 24. Para mí significa mucho hacer los alebrijes. Primero me sirve para satisfacer las necesidades de la familia, pero al mismo tiempo me permite “crear” a través de mi imaginación.

La tradición de la elaboración de estas figuras se inició en la casa hace como 20 años con mi hermano mayor. Yo me inicié haciendo los trabajos más sencillos, como lijar, poner color base y a partir de ahí nos entró la inquietud. Al principio nada más era por ayudar a la familia y poco a poco fuimos adquiriendo la habilidad para tallar y pintar. Y ahora nos permite este trabajo satisfacer las necedidades de la familia, pero al mismo tiempo nos permite desarrollar una parte muy importante de nostros mismos.

Cuando estás pintando o tallando uno echa la mente a volar y el espíritu se despierta. Sin necesidad de que se hagan diseños o bocetos, al tallar la madera empiezan a surgir de la imaginación las piezas. Nos adaptamos a la madera, seguimos sus formas caprichosas, jugamos con ella. Y esto es una satisfacción interna muy importante y necesaria que no la logramos en otros trabajos.

Esto es pura creatividad. Cuando nostros estamos trabajando la imaginación se echa a andar por si sola y aunque nos pasamos muchas horas pensando en qué detalle se le pone a la pieza o qué color se le aplica, siempre se necesita mucha creatividad e imaginación, porque hay combinaciones de colores que no nos gustan y nosotros pensamos que tal vez a la gente no le gusta.

Yo comencé a los 13 años a trabajar la madera. Lo hice por gusto, porque mi hermano mayor fue el que inició en la casa y nosotros veíamos qué hacia y queríamos aprender. Entonces nos decía – bueno, primero ayudenme a lijar -. Así empezamos por un tiempo lijando y veíamos como hacía él las figuras, como pintaba y asi empezamos a aprender los hermanos pequeños.

Yo dejo algo de mi en cada pieza que trabajo. Cuando hacemos pedidos muy grandes el trabajo se hace un poco tedioso, pero cuando hacemos figuras especiales es muy diferente. Normalemente se queda en la mente la figura de la pieza y hasta te acuerdas qué persona se la llevó. Como ya tenemos un buen número de años trabajando en esto, regresan las personas y nos dicen – te acuerdas de la figura que me llevé – y les digo, -si, si me acuedo del color, de la forma y de la expresión que tenía-, porque cada pieza tiene su propia personalidad.

La satisfación de este trabajo es que uno encuentra gente que valora nuestro trabajo. Hay de toda clases de personas, pero existen algunas que valoran muchísimo lo que nostros hacemos con nuestras propias manos. Este tipo de satisfacciones nos ha permitido salir al extranjero a realizar exposiciones a Estados Unidos, en la Universidad de Iowa, en el Departamento de Antropología y en el de Arte, dando algunas pláticas. He conocido a muchas personas, gente buena e interesante que de otra manera no las habría podido conocer.

Este arte surgió de las “comparsas de muertos”, porque las personas que iniciaran aca, realmente no lo inciaron buscando un beneficio económico, sino que al hacer las máscaras para las fiestas de muertos, que las elaboraban con la madera llamada “zompantle”, pudieron hacer fácilmente los alebrijes. Quien inició la comercialización de las máscaras fue el señor Manuel Jiménez, pero el señor Pacual Santiago difunto ya, fue el primero que hacia máscaras.

Las personas que vinieron a comprar las piezas que aquí se hacían, al ver las formas y los colores brillantes, les empezaron a decir “alebrijes”. Pero la palabra “alebrije” la inventó el señor José Linares, que trabajaba en el D.F. con papel maché. Como sus figuras tenían muchas alas les llamó “alebrijes” Él hacia figuras muy extrañas con alas y de vistosos colores; y la gente, al ver la similitud con las nuestras, les empezó a llamar también alebrijes.

En Arrazola tenemos como 50 años de hacer alebrijes. Indiscutiblemente el creador de este arte aquí es el señor Manuel Jiménez, quien comenzó a hacer con la misma técnica con la que se hacían las máscaras: carretas con bueyes, figuras de burros, de chivos, figuras que tomó de la vida cotidiana del pueblo.

Mi hermano Ramiro Aragón fue quien inició aquí en la familia. Después mi hermano Antonio y Sergio le empezaron a ayudar, después seguí yo. Tengo dos hijas, Paola y Karime. Paola por ella misma se acerca y me dice – papá yo quiero lijar, yo quiero pintar de un  solo color-. Entonces ella tiene la misma inquietud. Mi esposa se llama Antonia Arreola y es quien me ayuda a pintar, su hermana a lijar.

Mis clientes están en Sonora y Baja California en México. En California, Arizona y Nueva York en E.U. nos hacen el pedido por teléfono o fax y nostros les enviamos por mensajería a cualquier parte. Aquí a la casa viene la gente a ver como trabajamos. A nosotros nos da gusto compartir con ellos y conocerlos. Lo que nos caracteriza en nuestro trabajo son las combinaciones de colores, el movimiento que le damos a las piezas y su tamaño, pues no son muy grandes.

A mi me gustaría algún día poder tener la oportunidad de hacer una exposición de mis piezas en un museo. Ese es mi mayor sueño. Un artista en este terreno, es aquél que puede producir piezas con mucha calidad en su manufactura y una gran belleza en su diseño y decoración.

 

Saúl Aragón Ramírez.

Calle de Álvaro Obregón # 24

San Antonio, Arrazola, municipio de Xoxocotlán. Oaxaca.

Teléfono y fax: (951) 5 17 2393

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CRISTINA ANTONIO HERRERA

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Nací en la ciudad de Oaxaca, pero me casé con mi marido que es de Arrazola y vivimos aquí, tengo tres hijos y toda la familia nos dedicamos a la artesanía. Mi esposo y mi hijo tallan la madera, le dan la forma a los alebríjes y a los animalitos que ellos se imaginan, ya después nosotras los decoramos.

Nosotros comenzamos con la artesanía después de que vimos que todo el pueblo la trabajaba, por eso nos nació el hacer figuras de madera y luego decorarlas.

Yo no tomé ningún curso, como todos acá trabajan la madera desde hace varios años, un día nos pusimos a experimentar y como tenemos tíos, primos que empezaron antes que nosotros, pues fuimos a ver cómo lo hacían y así empezamos. Todo es perderle el miedo y dejar salir lo de adentro, primero los marcaba con un lápiz, pero pasando el tiempo, ya no fue necesario.

Primero empezamos haciendo puras iguanas, pero luego la gente que nos compraba, nos decía, ¿por qué no hacen otras figuras? y mi esposo dijo, ¡pues vamos a intentarle! De esta manera todos nos empezamos a meter en esto de las diferentes figuras y empezamos a pensar en los diferentes colores.

Para no repetirnos, pensamos en nuevas ideas, en nuevos diseños. Las figuras se sueñan, vienen en los sueños, porque allí se ve más claro. Porque por el día uno está viendo la pieza y no sabe uno por donde entrarle, cómo hacerla o que posición, pero en el sueño, ahí ya es otra cosa.

Pero para pintarla, los colores los tengo que pensar mucho. Sí no, uno ve el campo, no sé sí se ha fijado, pero a veces el pasto tiene un colorcito amarillito, verdecito y entonces me digo "ese color le quiero dar a mi figura", yo mucho me fijo entre las cosas que tiene el campo, los árboles, los troncos, en los pajaritos, en las mariposas, existen unos pajaritos que tienen unos colores muy bonitos y de eso me ha nacido sacar las combinaciones de los colores.

Nosotros aquí en Arrazola usamos el árbol del Copal. Primero pensamos en la figura y luego vamos devastando hasta llegar a su forma, en algunas ocasiones necesitamos empatar la madera.

Después la ponemos a secar una semana o 15 días tal vez, después hay que lijarla y ponerle líquido para que no se pique la madera, ya después resanarla para pulirla bien, dejarla preparada para la pintura.

Para pintarla, le tenemos que dar entre dos y tres manos, hay pinturas que no cubren bien. Para mi el artesano y el artista son lo mismo. Lo que pasa es que al artesano lo hacen menos que a un artista.

Ya sabemos que las personas que aprecian este trabajo nos lo dicen y es ahí donde siente uno que si es uno artista.

La creatividad es crear obras nuevas, la inspiración que le nace a uno por hacer cosas y que uno lo puede expresar a través de la madera y la pintura. Para mí en la pintura todo es importante, hasta la última rayita, el último detalle como un ojito, en una uñita, para mí todo es importante en la pintura.

Una vez, cuando estuvimos en San Antonio, Texas, estuvimos entre muchos artesanos de allá y nosotros representando Arrazola y a Oaxaca, muchos de nuestros compañeros artesanos de allá, veían nuestras piezas, por más chiquitas que fueran, siempre admiraban la pintura y la hechura.

Por eso, para mí, hasta el último detalle es muy importante. Por eso siempre estoy pensando en sacar nuevos modelos, nuevas ideas, nuevas combinaciones de colores, para que no caiga uno en lo mismo.

Mi esposo y mis hijos platicamos seguido sobre nuestro trabajo, sabemos que las piezas deben de ser diferentes, pues día con día nos copian el trabajo y a nosotros no nos gusta hacer igual las piezas como todo el mundo.

En diciembre los clientes nos buscaban y nos decían, es que ya fuí a buscar y no encuentro las piezas como las suyas.

El problema que tenemos es que ha dejado de venir el turismo a Oaxaca y el poco que llega, el guía de turistas se lleva sin hacer nada el 20 % de lo que vende uno y sobre todo, el problema de la madera.

Se está escaseando el árbol del Copal y nadie ha hecho una verdadera campaña para reforestar.

Todo mundo le roba al monte y nadie le repone. El problema del artesano es que o produce o vende, entonces alguien de la familia tiene que vender. Sí yo me voy 20 días a una exposición, la casa y el taller tienen que seguir viviendo y trabajando, por eso la vida familiar del artesano es muy difícil, muy sacrificada.

La persona que inició esta artesanía en Arrazola es el señor Manuel Jiménez, él es un hombre grande, ahora debe tener como 70 años o un poco más.

Él organizaba las comparzas aquí en las fiestas de todos los Santos y él hacia las máscaras para que se las pusieran en las comparzas. De ahí salió la idea de reproducir las figuras, él fue el que inventó los alebrijes en madera y sus figuras de animales. Don Manuel hacía los "nahuales" que son figuras con cuerpo de animal y cara de diablo y también hacía vírgenes.

En todo el pueblo se trabaja esta artesanía, la hace toda la familia, los esposos, los niños, desde la edad de 7 años empiezan a ayudar lijando piezas y a los 12, comienzan a hacer sus propias piezas. El problema es que se usan herramientas muy afiladas y es muy peligroso este trabajo, tantito se distrae uno, tantita mala suerte y se pude uno cortar. Mi hijo ya ganó un primer premio a nivel nacional, él participó con figuras miniaturas y fue a México a recibir su premio y el Gobernador le dió una beca.

El trabajo que hacemos en Arrazola es más que un oficio, es una forma de vida. Nosotros parecemos disco rayado con nuestros hijos, "vamos a echarle más ganas, hay que hacer las cosas bien, tenemos que hacer modelos diferentes, porque con esto se pueden abrir las puertas. En estados Unidos nos decían que trabajando como artesano allá, es mejor que lavar platos o estar en el campo. Por eso nosotros queremos que nuestros hijos sigan estudiando, pero que no dejen la artesanía, porque no debemos dejar que se acabe, seguramente los hijos de mis hijos serán artesanos y deberán ser mucho mejores que nosotros.

A mi me gustaría que me recordaran los hijos de mis hijos, que dijeran, "mira, gracias a mi tatarabuelita tenemos esta tradición oaxaqueña".

 



Manuel Francisco Natera

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Mi nombre es Manuel Francisco Natera, tengo 39 años y soy la cabeza de este taller familiar aquí en Santa Cruz Xoxocotlán. El ser artesano es una forma de ser y vivir, una forma de entender el mundo y la vida. Los artesanos le tenemos mucho cariño a nuestro oficio. Primero lo tomamos como una necesidad, pues de esto vivimos, de esto comemos, pero a la larga se torna en una forma de vivir

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Isidoro Cruz Hernández

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Los colonizadores desde 1521 a nuestros días, todo lo que es referente a nuestra “Cultura Madre” y sus descendientes directos, sistemáticamente son menospreciados. La Cultura dominante a nuestras lenguas las denominan “dialectos”, nuestra memoria histórica la designan como “mitos y leyendas”, nuestra medicina la convirtieron en “brujería”, a nuestro arte le llaman “artesanía” y a nuestros artistas les dicen “artesanos”.

Rascando tantito en cualquier campesino oaxaqueño usted encontrará a un artista. Cuando tiene que hacer muchas obras por su bajo precio lo convierte el Mercado en artesano. Sin embargo, en Oaxaca existe una Pléyade de Maestros del Arte Popular. Este es el caso de Isidoro Cruz Hernández.

“Yo nací en San Martín Tilcajete un día cuatro de abril de 1934 a las 23 horas. Yo de niño fui muy feliz, aunque había mucha miseria. Los tiempos eran abundantes… muy abundantes, pero había mucha miseria. No se de qué dependía, pero la cosecha se daba con abundancia. El maíz, el fríjol, la calabaza, en ese tiempo se sembraba “higuerilla”. Esta es una planta que produce un aceite muy fino y los que nos compraban la higuerilla eran los de Ocotlán.

Mi papá era un hombre que le gustaba trabajar, él era campesino. Tenía 3 yuntas cuando yo era niño y sembrábamos higuerilla. Como en enero, nos pasábamos las noches enteras escogiendo la semilla de la higuerilla. En la Fiesta del Señor de Esquipulas íbamos a vender al mercado la semilla para estrenar huaraches, sombrero, cinturón, así era antes. ¡Qué íbamos a estrenar antes en todo tiempo! No, se estrenaba en cada fiesta.

Mi papá también era panadero. Era una actividad complementaria. En la fiestas hacía pan. Pero como le digo que había mucha miseria, llegaba la gente un mes antes a ver a Mauricio Cruz, así se llamaba mi padre. Lo iban a ver para que para la fiesta le fiaran pan, para pagar en la fecha que ellos ponían.

Cuando tenía nueve años llegó un primo que se llamaba Rogelio Aguilar, que estudió en Chapingo. Él me dijo –vamos a hacer un conejo- De ahí empecé a ser mis propios juguetes. Después, más grande, me fui a cuidar a los animales por el Cerro Grande. Entonces llegó un amigo de otro pueblo y nos pusimos a hacer un maromero de los que hago y una horqueta para una resortera.

Antes no había artesanías, las cosas se hacían para jugar o para la casa. Cuando tenía 14 años me enfermé un año completito y entonces me puse a hacer los maromeros y los vendía mi mamá, en ese tiempo, a cinco centavos, aquí en el pueblo nomás, no había mercado para estas cosas.

A los 18 años empecé a hacer máscaras para el carnaval y las empecé a hacer para que movieran las quijadas. En una ocasión hice una muy bonita y la presté. Poco después vino un señor de Teotitlán a comprar máscaras y me puse a buscar la que había hecho. Y si la encontré y me dio treinta pesos ese señor. Ahí empezó todo. Después vino el carnaval y la gente me pedía que le hiciera las máscaras. A los 18 años trabajaba haciendo carretas en la ciudad de Oaxaca.

A mi me apasiona hacer arte… se venda o no se venda. Porque vender arte es muy difícil. La mayoría de los artistas se mueren de hambre. La diferencia entre un artesano y un artista, es que el artista tiene una imaginación más rica, está creando todo el tiempo. Mientras el artesano tiene una imaginación pobre, sólo está repitiendo las mismas piezas.

Para mí, mis piezas me salen muy bien. Vienen muchas personas y admiran mi arte. Recientemente vino un japonés y no me conoció, pues había salido ese día, pero después me mandó una carta y me dijo que le haga unas piezas para la inauguración de una Galería en Japón.

Con mi arte he ido a California, Nueva York y a Chicago. Esa puerta que está en mi casa es mi inspiración para el arte. Se confunde lo antiguo con lo viejo, esta puerta es antigua. Y una pieza vieja es la que ya no sirve. Esta puerta es del siglo XVI y tiene un gran valor, porque la persona que la hizo ya no existe y jamás podrá haber otra igual, así es el arte.

Isidoro Cruz Hernández.

Privada del Olvido # 1

San Martín Tilcajete, Ocotlán

CP 71510

Tel. 01 951 524 91 22


 


 



Viridiana Chávez Bautista

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La civilización del Anáhuac, como todas las antiguas civilizaciones del mundo encuentra en la familia el núcleo de fuerza que las sustenta. Oaxaca, como depositaria directa de esta sabiduría mantiene en las familias, independientemente de la nación a que pertenezcan, una extraordinaria cohesión y fuerza, que se extiende en una compleja red horizontal en toda la comunidad y parte de la región. La familia para los oaxaqueños es el centro y el vértice superior del universo cultural. La relación hombre-mujer es muy estrecha y equilibrada para los ojos atentos y conocedores. La pareja crea al momento de la boda una relación muy íntima y serán cómplices durante toda la vida. Trabajaran en equipo y formarán una unidad que servirá para la reproducción y crianza de los hijos. Pero también será una unidad de producción donde entrarán los hijos y los familiares cercanos. Lo mismo para el campo que para la fabricación del arte popular. El respeto de los hijos a los padres y en general a los mayores es muy significativo. Es común que en los pueblos de Oaxaca, todos los niños y jóvenes les digan a las personas de avanzada edad "abuelita o tío", como señal de respeto y cariño, aunque no los conozcan o no sean sus parientes. En esta ocasión platicamos con Viridiana, una joven zapoteca que estudia el último año de bachillerato,  y que con su familia tienen un interesante proyecto para quienes desean conocer la cultura zapoteca en casa.

"Yo soy Viridiana y vivo en un pueblo en los Valles Centrales de Oaxaca que se llama Teotitlán del Valle. Vivo con mi papá que se llama Raúl Chávez y mi mamá Beatriz Bautista y tengo un hermano que se llama Gaspar. La familia se dedica al tejido desde hace muchos años, mi abuelo tiene 85 años y todavía está trabajando. Mi abuelo aprendió de su papá, mi papá de mi abuelo y así vamos de generación en generación, es la costumbre. Hacemos tapetes en los telares, con tintes naturales. Nosotros realizamos todo el proceso: teñimos la lana, cardamos y tejemos.

El proceso es un poquito largo, porque cada cosa tiene su trabajo. Primero se hila la lana, hacemos nuestros colores, se pinta en una tina con agua hirviendo donde se echa la lana pura y se le pone un ácido o limones para que pueda pegar los colores y ya no se despinten. La cochinilla nos da el color rojo, el índigo el azul, la cáscara  de la nuez da los tonos de la tierra, el cempasúchil da el color naranja, el negro del huisache. Se combinan los vegetales para hacer colores más fuertes o más suaves.

Después se teje en los telares según el diseño que hayamos escogido o si es un pedido especial del cliente, porque nosotros hacemos diseños de los clientes, desde algo muy simple hasta algo muy complicado nostros lo podemos tejer. Tenemos diseños muy típicos como las grecas y los diamantes. Las grecas las copiamos de las zonas arqueológicas y en nuestro templo existen piedras antiguas que tienen unos diseños muy bonitos. También hacemos diseños de los pueblos navajos de los Estados Unidos, de algunos artistas europeos y algunos los creamos nostros mismos.

En mi casa trabajamos toda la familia: los hermanos de mi papá, mis primos, mis abuelos, toda mi familia. Aquí todos trabajamos en un solo equipo. Nosotros tenemos un puesto pequeño en el mercado de artesanías de Teotitlán y vamos a diferentes mercados como Tlacolula, los sábados en la ciudad de Oaxaca en la Central de Abastos y mi papá viaja a otros lados con mi tío. A veces se van a Guadalajara, a Querétaro a Nayarit, a varias partes de la república. También exportamos a Nuevo México, Colorado, Arizona en Estados Unidos.

Nuestra familia tiene un proyecto que para nosotros es muy importante. Es "La Casa del Sol", tenemos 3 años trabajando con mucho esfuerzo para lograrlo. Toda la familia tenemos el deseo de tener una casa de huéspedes para los turistas que quieran venir a nuestro pueblo y conocer nuestra cultura, nuestra forma de vivir y trabajar. Para que disfruten Teotitlán del Valle, de su cultura y de su gente. Creemos que nuestra cultura zapoteca es muy rica y la gente puede venir y estar en nuestra casa, como uno más de nosotros. Puede compartir nuestra vida, nuestro trabajo y nuestras ilusiones. Les podemos enseñar a tejer los tapetes.

El proyecto nace por que la gente que viene al pueblo y busca un hotel , no lo encuentra. A nosotros nos gusta mucho conocer a personas de otras partes del país y del mundo. Para ello construimos una casa muy bonita a la entrada del pueblo y sobre una loma, para que tenga una vista muy bonita de todo el Valle de Tlacolula. Tenemos 8 habitaciones con todos los servicios. A nuestros huéspedes les ofrecemos los alimentos, el transporte y especialmente la amistad de toda nuestra familia. Tenemos mucho espacio, tenemos estacionamiento y pueden ir a caminar por el cerro.

La gente que quiera venir a convivir con nostros unos días se pueden comunicar por teléfono (951) 5244092 ese es el teléfono de la casa. La dirección de la casa es: Francisco I. Madero # 28 Teotitlán del Valle Oaxaca, c.p. 70420 y me pueden escribir a mi correo electrónico y conmigo pueden hacer su reservaciones. Nos va a dar mucho gusto recibirlos, se que van a aprender muchas cosas, la cultura, el arte, la gente, porque serían nuestros invitados y nostros los relacionamos con la gente del pueblo.

Teotitlán es mucho más que tapetes de lana. Aquí existen tradiciones y costumbres muy antiguas. Tenemos la Danza de la Pluma, un mirador, una presa donde se pesca, está Rancho Benito que es un lugar muy bonito y que poca gente conoce, la fiesta anual de julio, año nuevo, día de muertos, Semana Santa, el día de la Santa Cruz, el 14 de enero la tradición nos marca la visita de los familiares por un cristo, el Cristo Negro.

La gente va al mercado a comprar panes, flores y en las noches se van a ver a los familiares que tienen en sus casas a ese cristo. En mi familia solo lo tienen mis abuelos y mis padrinos. Ellos lo tienen porque un día se fueron de peregrinación a  Guatemala y se trajeron uno. De veras que los esperamos, nos dará mucho gusto compartir la casa con nuestros invitados."

 



Huipiles

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Los Huipiles de Marina Morales

Pocas personas he conocido con tanta pasión por los huipiles como esta mujer que ha dedicado gran parte de su vida a conocer, apreciar, valorar y disfrutar los textiles oaxaqueños. Promotora de cultura desde su juventud, amante de las tradiciones y costumbres de su región y de su estado, con una gran sensibilidad por las expresiones de la creatividad y sensibilidad de las mujeres indígenas y de los artistas. Dedicada por más de 15 años a “colocar” en todo el mundo el arte de las laboriosas manos de luz de las mujeres oaxaqueñas”, Marina nos concede una entrevista.

Huipil de Cadenilla, Región del Istmo.

“Mi nombre es Marina Morales Jiménez y nací en Tuxtepec, Oaxaca. Un lugar ubicado al norte del estado. El Tuxtepec de mis recuerdos, el que conocí de niña está siempre conmigo. Con sus calles sin pavimentar, con la gente transitando a caballo o en carretas. Era la costumbre en mi pueblo que por las tardes la gente salía con su manguera a regar la calle de tierra para evitar el polvo. Esos olores son la esencia de mi niñez, tierra mojada, olores, colores, atmósferas de una época sin tiempo. Cada que huelo la tierra mojada mis sentimientos vuelan de inmediato al Tuxtepec de esa etapa de mi vida tan feliz. Porque tuve la dicha de ser una niña y una joven muy feliz. Fuí afortunada al acompañar a mi abuelo a las carreras de caballos, montar a caballo, arrear vacas, cortar mangos en las huertas, bañarme en el río papaloapam, fue algo fabuloso para mí vivir esa vida campirana en compañía de mis abuelos.

Huipil de Usila elaborado en telar de cintura, Región de Tuxtepec.

Durante muchos años trabajé en el área cultural; en la Casa de la Cultura de Tuxtepec antes de cumplir los 18 años, en la Casa de la Cultura de Oaxaca, en el Instituto Guerrerense de la Cultura, en el Programa Calmécac en el estado de Morelos, en la Unidad Regional Oaxaca de Culturas Populares y en el Sistema Estatal de Casas del Pueblo del Gobierno del Estado de Oaxaca. Esto me ha permitido conocer desde adentro las culturas indígenas y populares. Entender su concepción del mundo y la vida, su cultura.

Huipil de Jamiltepec y pozahuanco de Pinotepa de Don Luis, Región Costa. 

La pasión por los huipiles nació en mi tierra desde que era niña. Tenía como vecinos a una familia originaria de San Lucas Ojitlán y la señora de la casa siempre usaba huipil. Acostumbraba mucho ir con ellos porque me gustaba acostarme en una hamaca que tenían y desde ahí, me la pasaba mirando a la mujer porque usaba un huipil de Ojitlán con su estallido de colores que me hipnotizaba. Me fascinaba ver a la señora con sus trenzas en la cabeza, con sus huipiles de colores y sus aretes… y yo siempre me dije – algún día voy a usar huipil-.

Huipil de Cadenilla, Región del Istmo.

Desafortunadamente en mi familia no los usaban, pero cuando tuve la primera oportunidad de trabajar  y tener dinero, lo primero que hice fue comprarme un huipil. Y fue ese huipil rojo que me llamaba tanto la atención, de modo que antes de los 18 años me compré mi primer huipil. Después de ése, siguieron muchos más… hasta la actualidad. En aquella época mientras mis amigas se compraban otro tipo de ropa, zapatos, discos o joyas, yo me compraba huipiles. Para mí vestir un huipil es como el placer que alguien siente al portar una joya de oro, para mí portar un huipil es cubrirme con mi cultura y mi identidad, eso es algo que me da mucho orgullo y me exalta.

Falda de Guatemala, tela elaborada en telar de pedal y bordada a máquina.

Cuando me adentré en el trabajo cultural me pude dar cuenta de que es muy importante valorar la ropa y la indumentaria en general que se ha ido perdiendo por la penetración cultural. Por desgracia algunas personas ven a esta ropa como algo sin importancia. Si una mujer usa huipil, la gente mentalmente colonizada la rechaza, como si fuera un hecho vergonzoso, de baja estima social. Para mi no es así. Para mi portar un  huipil es motivo de un gran orgullo. Para ocasiones especiales me pongo lo mejor que tengo y lo luzco como el mejor traje que pueda vestir. Porque estoy consciente que la ropa y los textiles forman parte de mi herencia cultural.

Blusa bordada con chaquira, de San Pablito, Puebla.

Los huipiles, las blusas, los enredos, forman parte de la herencia que he recibido de mis antepasados. Porque cuando me pongo un  huipil no dejo de pensar en el tiempo que una mujer dedicó al huipil para poder hacerlo. Cuanta pasión, cuanto esmero y esperanza puso en su trabajo, al hacer hilo por hilo, jornada por jornada. Porque cada huipil está hecho con las manos amorosas y sensibles de una mujer. ¡Es que es fabuloso pensar en usar una prenda que es única!, no se repite. Las mujeres indígenas no trabajan en serie, porque ellas ponen su corazón en cada puntada, en cada hilada de su trabajo. No es una producción industrial. Es ropa hecha a mano, desde hilar el algodón, hacer y teñir los hilos, hasta tejer los lienzos. Esta es una sabiduría milenaria.

Blusa bordada con chaquira, de Santiago Pinotepa Nacional.

Tengo huipiles muy antiguos y se que en cada prenda, a lo mejor hay penas, hay lágrimas, hay alegrías e ilusiones de una mujer que lo estuvo tejiendo durante largas jornadas. En cada huipil se puede sentir el tiempo, la vida y los sentimientos de la mujer cuando lo bordó. Esto para mi es muy importante y le da una dimensión humana a las prendas que ninguna marca, por más cara que sea, se lo puede dar; y eso mismo es lo que yo valoro y me hace sentir muy bien cuando porto los huipiles.

Huipil de San Lucas Ojitlán, Región de Tuxtepec.

Siento que los huipiles despiertan esa parte dormida que muchas mujeres tenemos y que tiene que ver con lo más esencial, con  lo más genuino que hemos heredado de nuestra cultura. Esa parte íntima y muy antigua, como que aflora en mi cuando tengo la oportunidad de ponerme un huipil. No se cómo se exprese este sentimiento en palabras, pero corporalmente el cuerpo se “alegra” de ser vestido de esa manera y tal vez “recuerda” el sentido “humano de la vida”. Sentido que las máquinas, los textiles sintéticos y el consumo masificado nos han hecho perder.

Vestido de San Antonino Castillo Velasco, Región de los Valles Centrales.

Por desgracia hay muchas mujeres que viven esclavizadas a una moda que no está pensada para ellas, para su cuerpo y su fenotipo. Que viven esclavizadas en comprar, comprar y comprar, una serie de ropa que generalmente está elaborada con fibras sintéticas, que son hechas industrialmente para otro tipo de cuerpos y las mujeres están esclavizadas a esa moda y se compran esa ropa que para mi es un fraude. La mujer que quiere ser diferente y se compra ropa de marca, se estandariza y a final de cuentas, se convierte en un maniquí. La diferencia es que es más cara, pero está hecha en serie…es igual.

Huipil de Guatemala, elaborado en Telar de cintura.

Los huipiles no son iguales, se parecen en colores, en manejo de formas, pero no son iguales, cada uno es una prenda única e irrepetible. Con el huipil aflora esa verdadera mujer que tenemos, esa mujer antigua e inmutable, de cientos de años que vive en todas nosotras. Esa mujer primigenia, natural…esencial, sagrada.

Huipil de Guatemala, elaborado en Telar de cintura.

Para mí es mágico usar un huipil, me siento otra. Cuando hablo y porto huipiles, soy esa mujer que aprecia nuestra raíz cultural y soy esa mujer oaxaqueña que se siente orgullosa de tener una parte importante de la herencia cultural indígena y de disfrutar plenamente de ese maravilloso patrimonio cultural que vive en los huipiles. Son varios miles de años de una tradición y una forma de ver y entender el mundo y la vida. Yo creo que no solo las mujeres, sino todos los mexicanos en general deberíamos revalorar lo nuestro, pues a fin de cuentas es lo único que nos sostiene.

Huipil de San Andrés, Chiapas.

Necesitamos revalorar nuestra cultura, nuestra alimentación tradicional, nuestra medicina ancestral, nuestra educación tradicional, nuestros milenarios valores humanos. Y esto no es cerrarse al mundo, a la moda y a la tecnología. En mi trabajo yo uso huipiles y también computadoras. Creo que podemos tomar lo mejor de afuera y revalorar con más fuerza lo nuestro. No existe problema o contradicción, solo en las cabezas colonizadas.

Vestido de San Antonino Castillo Velasco, Región de los Valles Centrales. 

La mayor parte de mis huipiles son de Oaxaca, también tengo de Chiapas y Guatemala. De Puebla tengo unas blusas que considero son prendas de arte, bellas. El huipil que más me gusta es el de gala de Ojitlán, en el Distrito de Tuxtepec existe una gran variedad de huipiles. Dentro de ellos, existen huipiles “de diario”, de media gala y de gala. El huipil de gala de Ojitlán, el rojo es el que a mi me encanta. Está hecho en algodón hilo por hilo, luego está tejido en un “telar de cintura”. Una mujer diestra se lleva un mes en elaborar este huipil.

Huipil de Guatemala, elaborado en telar de cintura.

Otra indumentaria que me gusta es el “pozahuanco”, que está teñido con la tinta del “caracol púrpura panza” y es de la región de Jamiltepec en la costa. Para hacerlo la mujer selecciona primero el hilo, después se lleva las madejas a la orilla del mar, en unos acantilados que es donde vive el caracol, por lo que representa un gran riesgo para las personas que lo hacen y luego bajan a donde rompen las olas contra las rocas y “ordeñan” al caracol uno por uno, le extraen el tinte y lo vuelven a poner donde lo encontraron. Nuestros artesanos saben lo que representa el caracol para ellos y lo cuidan. Existe una relación de respeto total entre el indígena y el caracol. Tú me das tu tinte y yo te cuido y te protejo.

Huipil de San Pedro Amuzgos, Oaxaca.

El telar de cintura es un instrumento producto de la sabiduría de nuestros antepasados. Consiste en un palo que se sujeta al tronco de un árbol con otros hilos y ahí se coloca el “hilo base”, que es el blanco, y luego a ese hilo se le va tejiendo el hilo de color. La mujer tiene que hincarse en el suelo frente al árbol y forma un ángulo con los hilos y lo detiene contra la cintura, por eso se llama telar de cintura. Para mi las mujeres que hacen huipiles son verdaderas artistas, llamarles artesanos y a su trabajo “artesanías” es desvalorizarlo.

Blusa de San Antonino Castillo Velasco, Región de los Valles Centrales.

Porque ellas disfrutan profundamente cada huipil que hacen, es una experiencia única y una experiencia mágica, en la cual la mujer está dejando su esencia básica de ser mujer. Las mujeres cuando tejen tienen ojos de amor, el contacto con el hilo es indescriptible, porque no solamente tejen hilos, ahí se entretejen sus anhelos, sus esperanzas, sus alegrías y muchas veces sus tristezas.

Huipil sencillo de San Andrés, Chiapas.

Gracias al trabajo que realicé en las casas de cultura pude conocer y relacionarme con muchas personas que se dedican a la producción de los huipiles. En Oaxaca existe mucho intermediarismo y a mí me gustaba tratar en los pueblos con las productoras directamente. En aquella época promovíamos institucionalmente la producción de los huipiles a través de exposiciones, ahora lo hago de manera personal y consigo piezas únicas. Existe mucha gente que me escribe de México, E.U. y Europa y que me buscan para que les consiga huipiles de buena calidad. El problema de la comercialización es que como en todo, existe cada día mayor número de huipiles hechos para “gente que no conoce” este complejo arte. El turista lo compra como “artesanía”, como souvenirs y no está dispuesto a pagar su verdadero valor y por lo mismo adquieren huipliles muy comerciales y de mala calidad por esos precios. El huipil es caro y es para personas que saben apreciar la calidad y la manufactura.

Huipil de Guatemala.

Por desgracia cada día es menor el número de mujeres indígenas que usan el huipil. Para las mujeres indígenas resulta muy caro usar esta prenda tradicional. Un huipil es caro y ellas prefieren vender el huipil y tener para comer. Solamente que sea una ocasión muy especial: la fiesta del pueblo, algún bautizo, boda, es que la mujer se pone el huipil como un traje de gala. Por la pobreza en que se ha condenado a las comunidades indígenas, las mujeres están usando, no por su gusto, telas sintéticas y ropa de fábrica de mala calidad. Yo pienso que es la mujer la que puede apoyar en este problema. Si la mujer urbana revalorara el huipil y la cultura de que proviene, usándolo como lo que es, un traje de gala, y pagara su justo precio, la mujer indígena tendría ingresos suficientes y podría usar también el huipil. Las mujeres somos las que podemos salvar al huipil.

Enredo elaborado en telar de cintura de San Andrés Chicahuaxtla.

Pozahuanco elaborado en telar de cintura, de Pinotepa de Don Luis

Para mi sería muy difícil vender “mi colección” de huipiles. He dedicado mucho tiempo, pasión y energía en ella. Mucho de mi trabajo, mi tiempo y mis ahorros está en esos huipiles. En todos y en cada uno de los huipiles está una parte de mí. Tal vez lo que me gustaría es que se exhibieran en un museo. Ya he realizado exposiciones con mis huipiles en varios estados del país. Cuando veo mis huipiles con una buena museografía y veo a la gente que se maravillan cuando les explico de dónde es cada uno y cómo se hacen, para mí, es algo muy hermoso y especial, que es difícil de explicar”.

Enredo de San Juan Guichicovi, Pozahuanco de Pinotepa de Don Luis, Enredo de San Andrés Chicahuaxtla y Enredo de Yalalag.

 

 
 
 

Ceñidores elaborados en telar de cintura utilizados para sujetar los diversos enredos.

 

Ceñidor

Ceñidor.

 

 

Marina Morales

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