LA HERENCIA DE LOS VIEJOS ABUELOS

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Ser los hijos de los hijos de una de las seis civilizaciones más antiguas del mundo.

Se supone que la Tierra tiene una antigüedad aproximada de 5000 millones de años, desde lo que se conoce como "la gran explosión" hasta nuestros días.

El ancestro más antiguo del ser humano apareció hace aproximadamente 150 mil años y el llamado "Homo Sapiens" apareció hace 40 mil años. Para comprender la relación entre el tiempo de la Tierra y el del ser humano, podríamos suponer que sí los 5000 millones de años fueran un año, el ser humano aparecería el 31 de diciembre a las 23.59 horas. Es decir, un minuto antes de concluir ese año. El Homo Sapiens es muy nuevo en el planeta.

Los seres humanos vagaron por la Tierra como nómadas, cazadores, recolectores durante 30 mil años, hasta que descubrieron la agricultura. En efecto, las civilizaciones más antiguas en el planeta tienen aproximadamente 10 mil años de existencia. En Egipto y Mesopotamia iniciaron los procesos civilizatorios por lo que son las civilizaciones más antiguas. Dos mil años después, aproximadamente hace 8000 mil años, más o menos al mismo tiempo iniciaron la agricultura y la civilización, China, India, México y la Zona Andina. De esta manera los mexicanos somos hijos de una de las seis civilizaciones más antiguas del planeta que tuvieron un origen autónomo, es decir, que nadie les dio conocimientos prestados, que todo cuanto ellos poseían lo inventaron por sí mismos.

Los hijos de los hijos de los Viejos Abuelos somos el resultado de un largo proceso de desarrollo humano que se dio a lo largo de 7500 años y que en los últimos 500 años ha sido enriquecido por otras culturas del mundo, especialmente la Occidental. Tenemos el orgullo de ser una de las seis civilizaciones más antiguas de la humanidad.

Nuestro sentido espiritual y místico por la vida.

De esta maravillosa herencia cultural, los mexicanos hemos heredado normas y preceptos, éticos y morales, de donde se desprenden nuestras tradiciones, fiestas usos y costumbres, que conforman nuestra vida actual, pero que encuentran su origen hace miles de años. Una de ellas, es el sentido místico y espiritual por la vida. En efecto, a diferencia de otras culturas que ponderan los valores materiales del mundo y la vida sobre todo lo demás; nuestros Viejos Abuelos nos enseñaron a entender el mundo como un espacio divino, y a la vida, como una maravillosa oportunidad para trascender el mundo material en el plano espiritual. Los mexicanos estamos conectados directamente con las manifestaciones espirituales del mundo. El sincretismo religioso esta conformado por un portentoso misticismo y una profunda espiritualidad desde los primeros tiempos, lo que le ha permitido abrazar la religión del colonizador y hacerla propia, dotándola de significados ancestrales y rituales que hunden sus raíces en los tiempos más lejanos de nuestra historia. Este sentido místico y espiritual por la vida, permitió que nuestros Viejos Abuelos nos legaran una forma de ver y entender el mundo y la vida, que siempre se encuentra muy próxima a los valores más altos del género humano. Es por ello que en los individuos, en las familias y en las comunidades, los mexicanos manejamos espacios y tiempos místicos, que están ligados a los más esenciales principios espirituales de nuestra forma de ser. Valiosa herencia que humaniza el mundo y la vida.

Los valores y principios en torno a la familia y al hogar.

Cómo somos hijos de una de las 6 civilizaciones más antiguas de la humanidad, poseemos una matriz filosófica-cultural que ha permitido a lo largo de 8 mil años, crear diversas culturas, en épocas y lugares diferentes, pero todas ellas unidas íntimamente por una misma raíz.

Una de estas raíces que nos unifica a todos los pueblos y culturas de México, sin lugar a dudas, son los valores y principios en torno a la familia y el hogar. En efecto, desde hace milenios los Viejos Abuelos nos enseñaron a valorar y venerar, los sentimientos de respeto a los abuelos, padres, padrinos y el amor inquebrantable entre hermanos y primos. La familia es el espacio inmaculado de los mexicanos y el hogar, el centro palpitante de reunión para enfrentar todos los acontecimientos de la vida, desde un nacimiento hasta un entierro. El compadrazgo une y reafirma no sólo la amistad y la solidaridad de la familia, sino que refrenda los más nobles sentimientos de familias diferentes y grupos humanos. En la familia se protegen y fortalecen, los valores y principios milenarios que le han permitido a los mexicanos enfrentar todas las adversidades y todos los retos. Y es en la misma familia donde encontraremos la fortaleza y la sabiduría para enfrentar los desafíos que nos deparan el porvenir. Los valores y principios que unen a la familia representa una prodigiosa herencia de nuestros Viejos Abuelos que debemos preservar.    

La relación armoniosa con la naturaleza.

Los mexicanos contamos con un sentimiento muy profundo y antiguo que nos une indisolublemente con la Tierra y con todos los seres vivos que en ella habitan. A diferencia de otras culturas, para quién la Tierra es un objeto de explotación, dominación y transformación; para los mexicanos la Tierra es nuestra "Madre Querida" y esta íntimamente ligada a los sentimientos más intensos de sus hijos.

El mexicano es una persona que "vive en su tierra" y para su tierra. Existe una relación tan profunda y muchas veces no racionalizada con la tierra donde está enterrado su ombligo, que se mantiene durante toda la vida.

Los Viejos Abuelos nos enseñaron que la Tierra era un ser que siente y que está vivo. Ella nos da todo cuanto necesitamos para vivir y cuando nos vamos de este mundo, a ella le entregamos nuestro despojo material. Es por ello que los mexicanos amamos el campo y agradecemos permanentemente a la Tierra su infinita bondad y su gran amor. Así a lo largo de miles de años, hemos aprendido a respetar a las montañas, los bosques, las selvas y los desiertos, y a convivir con los animales y vegetales de manera armoniosa. El mexicano no puede vivir sin la relación personal y directa que sostiene con la Tierra y la naturaleza. Sin embargo, en los últimos tiempos hemos empezado a perder esta valiosa herencia de nuestros Viejos Abuelos y en muy poco tiempo hemos descuidado a la naturaleza, a tal punto que estamos poniendo en peligro la vida del planeta.    

Nuestro infatigable espíritu constructor.

Desde hace aproximadamente tres mil quinientos años, nuestros Viejos Abuelos han dejado maravillosos e impresionantes testimonios de su grandeza espiritual en la materia. En efecto, los mexicanos somos un pueblo constructor por excelencia, desde las primeras construcciones monumentales de la Venta y Comalcalco en los tiempos de los olmecas allá en Tabasco y Veracruz, pasando por los zapotecas en Monte Alban y los toltecas en Teotihuacan, hasta llegar al último periodo del México Antiguo, conocido como Postclásico, con los aztecas en Tenochtitlán. Nuestro infatigable espíritu constructor encuentra su esencia más deslumbrante en las increíbles construcciones culturales, sociales y espirituales que nos lleva a ser una de las civilizaciones más antiguas del planeta; sin embargo, también en la materia dejaron formidables testimonios de esta infatigable vocación de constructores. Nuestros antepasados movieron increíbles cantidades de tierra y cantera, esculpieron un infinito número de piedras, grandes y monumentales, para construir recintos destinados a la investigación, difusión y enseñanza de ancestrales conocimientos de la vida y el mundo, así como para agradecer a sus dioses la misericordia de su amor.

Grandes centros urbanos se construyeron en todo lo que hoy conforma el territorio nacional. Sin embargo, podemos referiros a Tenochtitlán que fue conocida por los españoles, la cual contaba con calles, avenidas, canales, calzadas, plazas, agua potable, escuelas, mercados, museos, zoológicos, edificios de gobierno. Los especialistas calculan que vivían aproximadamente un millón de personas. La ciudad de Paris, que era la más grande de Europa en 1519, contaba con apenas 62 mil habitantes. Sin embargo, en 1521 fue totalmente destruida piedra sobre piedra y 480 años después, gracias a nuestro infatigable espíritu constructor, volvemos a tener una de las ciudades más grandes del mundo.

 

  Nuestro permanente optimismo por la vida.

Actualmente existen en México 62 grupos étnicos, que tienen sus culturas y sus lenguas totalmente diferenciados unos de otros, pero comparten valores y principios fundamentales de manera íntima. Herederos directos de los Viejos Abuelos, han podido sobrevivir a su muerte histórica, gracias fundamentalmente a dos elementos. La fortaleza de su cultura, que a pesar de ser perseguida y negada ha sabido resistir con inteligencia y tenacidad los feroces embates de la colonización, y la segunda, que ha mantenido sobre todas las adversidades su permanente optimismo por la vida.

En efecto, los mexicanos hemos heredado de nuestros Viejos Abuelos ese inexplicable optimismo por la vida, esa convicción que el mañana será mejor que el ayer y esa fe inquebrantable en el lado luminoso de la existencia, pese a todos los avatares y acechanzas, a pesar de la negación, la injusticia y el genocidio, los pueblos de México siempre han demostrando en la historia un permanente optimismo por la vida.

Esta herencia es un gran potencial, pues existen naciones que tienen grandes riquezas materiales y que están rebosantes de tecnologías y comodidades, pero, sin embargo, su gente no tiene una sonrisa a flor de labios o un gesto fraterno y solidario, como nuestro noble pueblo. Este permanente optimismo por la vida, es otra de las valiosas herencias de los Viejos Abuelos que debemos aquilatar y conservar.  

El maíz y la milpa.

Dentro del vasto tesoro que hemos heredado de nuestros Viejos Abuelos, el maíz y la milpa ocupan un lugar sobresaliente. Todas las antiguas civilizaciones del mundo domesticaron un grano para convertirlo en la base de su alimentación. Unos domesticaron el trigo, otros el arroz o el mijo. Lo increíble y maravilloso, es que nuestros antepasados hace 8 mil años "inventaron" el maíz. En efecto, a través de un proceso de ingeniería biogenética, se transformó el Teozintle, que era un pasto, en la espléndida planta del maíz que hoy se come en todo el mundo, gracias a la sabiduría y el conocimiento de nuestros Viejos Abuelos.

De la misma manera, desarrollaron la milpa, que permite a un solo hombre alimentar a su familia durante un año, al sembrar en un espacio de tierra muy pequeño, maíz, fríjol, calabaza y chile. Trabajando 4 meses al año y teniendo 8 meses para desarrollar el potencial de su sensibilidad y espiritualidad. Es por esto, que los mexicanos somos el pueblo y la cultura del maíz. Es gracias al maíz y sus múltiples derivados alimenticios, así como de la milpa, que nuestros antepasados tuvieron el tiempo y la energía suficiente para construir los impresionantes testimonios materiales de su grandeza espiritual y es también que por ello, en las más graves adversidades de la historia, nuestro pueblo no ha muerto de hambre.

El maíz y la milpa, nos hablan de las capacidades y del talento de nuestra civilización. Los mexicanos no podemos dejar de sembrar maíz, porque en cada grano que germina en la tierra, renace sucesivamente nuestra cultura. Porque en la planta del campesino habla la voz de la Tierra y se mantiene viva la presencia amorosa de nuestros Viejos Abuelos.

El sistema de alimentación.

La herencia más inmediata de nuestros Viejos Abuelos es la alimentación, que no sólo les permitió a ellos llegar al momento más elevado de su desarrollo cultural, entre el año 200 antes del nacimiento de Cristo y el 800 de la era cristiana. Mil años de esplendor que sólo pudo lograrse gracias a una excelente alimentación, que les permitiera tener la energía suficiente para avanzar en los arcanos de la sabiduría humana; si no también, para poder construir por todo lo que hoy conforma el territorio nacional, miles de edificios dedicadas a exaltar su fuerza espiritual y la trascendencia de la vida material. En efecto, los Viejos Abuelos contaron con un completo sistema alimentario, producto de la agricultura y el conocimiento meticuloso de plantas, animales e insectos, que en conjunto produjeron una alimentación de calidad suprema. Una de las tantas cosas que le sorprendieron a los españoles de los indígenas, era su "agradable aliento", que revelaba una alimentación adecuada y debidamente balanceada. Esta valiosa herencia sigue viva y la hemos compartido generosamente con el mundo entero, el maíz, el chocolate, los nopales, el amaranto, la vainilla; así como las tortillas, el atole, el pinole, el pulque y los tamales entre muchos otros. Productos y alimentos que con la fusión con la cocina europea, han creado una de las cocinas más famosas del mundo. En efecto, los tacos, los moles y las salsas se comen en los mejores restaurantes del mundo y son la delicia de los paladares más refinados. La alimentación es una de las más importantes y valiosas herencias de los Viejos Abuelos y debemos luchar por preservarla frente a la invasión de la comida chatarra.

El sistema de salud.

La sabiduría de nuestros antepasados nos ha legado un tesoro de conocimientos sobre las plantas medicinales, animales, insectos y algunos minerales que ha permitido a los mexicanos por milenios mantener la salud. Desde hace 8 mil años, nuestros Viejos Abuelos fueron investigando las posibilidades curativas que ofrecía el mundo que los rodeaba. El vasto conocimiento en esta materia de las civilizaciones de China, India y México, es la base de la medicina moderna. El alcance en los niveles de salud en el México antiguo sorprende a los investigadores contemporáneos. La salud humana estaba interrelacionada con los aspectos emocionales y espirituales, los Viejos Abuelos, no sólo dominaron el campo meramente físico del cuerpo, sino que penetraron en campos de lo que hoy conoce la medina moderna como enfermedades psicosomáticas. Sin embargo, nos siguen sorprendiendo las increíbles trepanaciones que los arqueólogos documentan en sus hallazgos o las complicadas incrustaciones dentales o las inexplicables, hasta hora, deformaciones craneanas. Pero lo que nos debe sorprender más aun, es la supervivencia de estos conocimientos y prácticas curativas que, durante siglos enteros fueron perseguidos y condenados y que a pesar de los pesares, siguen vivos y vigentes hasta nuestros días y son nuestro orgullo, nuestro tesoro y muchas veces nuestro único consuelo. Las parteras, los curanderos, los sobadores, las yerberas o tizateras y los baños de Temascal, son los herederos directos de este maravilloso y ancestral conocimiento que debemos valor y mantener.    

El sistema educativo.

La educación ha sido el pilar ancestral que permitió a los Viejos Abuelos desplantar su impresionante construcción cultural. Sin la educación no habría sido posible, no sólo trasmitir de una generación a otra a lo largo de milenios el proyecto social de su civilización, sino realizar el prodigio mismo de la trascendencia espiritual de su existencia material.

Porque la educación humaniza y le da medida y valor, sentido a la vida. Los Viejos Abuelos, probablemente desde los lejanos tiempos de los olmecas ya tenían en funcionamiento un sistema educativo. Se conoce hasta ahora tres grandes instituciones. "La Casa de los Jóvenes" (telpochcalli), donde se internaban los niños desde los 7 años hasta los 16 años en que generalmente se casaban. "La Casa de la Medida" (Calmécac), donde asistían los jóvenes que tenían capacidades y deseaban prepararse para servir a su pueblo como dirigentes, sacerdotes o administradores y "La Casa del Canto"(Cuicacalli), donde se les enseñaba a través de la exploración de las artes a desarrollar su sensibilidad. La educación en el México Antiguo era obligatoria y gratuita. Cuando llegaron los españoles en 1519 se sorprendieron de encontrar una sociedad escolarizada y ver a todos los niños estudiando en el sistema educativo que, Europa no tuvo de esta manera hasta finales del siglo XIX. La premisa en la educación de los Viejos Abuelos era que los maestros forjaran en sus alumnos "un rostro propio y un corazón verdadero". Esta valiosa herencia sigue viva en el pueblo de México. Los mexicanos seguimos creyendo profundamente en que la educación es el verdadero instrumento que nos permitirá encontrar nuestro luminoso destino.  

El sistema de organización social.

Todos los mexicanos, por más culturas diferentes de las que provengamos, somos una sola civilización que tiene una misma raíz filosofía cultural para todos los pueblos. Somos también una de las 6 civilizaciones más antiguas de la humanidad, tenemos un antiguo rostro y un corazón verdadero. Somos el producto de una continuidad histórica de más de 8 mil años. Los logros y avances más destacados de nuestra civilización, no se pudieron realizar sin un sólido sistema de organización social, que permitiera consumar a lo largo de muchos siglos el gran proyecto civilizatorio.

En efecto, para poder construir impresionantes monumentos al espíritu como Monte Alban, Teotihuacan o Chichen Itza. Para poder tener un eficiente sistema alimentario, un eficaz sistema de salud y un sólido sistema educativo, los Viejos Abuelos necesariamente tuvieron que contar con un perfecto sistema de organización social, que permitiera que los individuos y el Estado, unir sus recursos y potencialidades para el logro del magno proyecto civilizador.

La impresionante estructura social de México, que arranca desde los primeros tiempos de los olmecas y que llega casi incólume hasta nuestros días, permitió en el pasado y sigue permitiendo en el presente, no sólo el espacio abierto y justo para la mejor toma de decisiones en beneficio de la comunidad, sino que ha contribuido de alguna manera a que se fortalezca la resistencia cultural de las comunidades.  

El Sistema de Cargos, el Tequio, la fajina, la Gozona, la Guelaguetza, son algunas de las muchas formas de organización social que hemos heredado directamente de los Viejos Abuelos y que hoy en muchas comunidades del país, especialmente de estirpe mesoamericana, les permiten no sólo administrar eficientemente sus escasos recursos, sino que ofrece los cimientos sólidos donde las personas y las familias pueden aspirar a tener una mejor forma de vida. El imperativo y la convicción de servir a la comunidad, así como las formas de organización milenarias, es otra de las herencias de los Viejos Abuelos que debemos valorar y preservar.

* (Todas las imágenes son de los Murales del Palacio Nacional, ciudad de México.)    

 

Diego Rivera

y el muralismo en México.

Diego Rivera nace en Guanajuato en 1886 y muere en la Ciudad de México en 1957. Estudió en la Academia de San Carlos y entre sus maestros estuvieron los ilustres pintores José María Velasco y el grabador José Guadalupe Posada. Fue becado para estudiar pintura en la Academia de San Fernando en Madrid, España, y posteriormente entró en contacto con los pintores cubistas como Picasso y Cézane. En Italia conoció la obra de Giotto y su pintura mural. Más tarde en México, fundó con los pintores Orozco y Siqueiros, el Sindicato de Pintores (1921) y participó en el movimiento cultural que revalorara las raíces indígenas. Rivera fue un artista prolífico, pintó retratos, realizó escultura, pero en lo que ha dejado una profunda huella social, ha sido en su obra en mural. Rivera trató de dar a conocer al pueblo su historia, los mexicanos tenemos una herencia ancestral en los murales, pues todas las pirámides y templos estaban decorados con frescos y ha sido una manera milenaria de trasmitir el conocimiento. Entre los murales pintados por Rivera están el de la Escuela nacional de Agricultura, Chapingo (1927). Los del Palacio Nacional (1930-1935), del Instituto nacional de Cardiología (1943), entre otros. * (Del Mural un domingo en la Alameda, detalle. Rivera niño)        

El muralismo mexicano.

Este movimiento plástico se dio en México entre 1920 y 1960. El movimiento era dominado por tres pintores: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Cada uno tuvo una técnica y personalidad distinta, pero compartieron aspiraciones comunes. Los tres muralistas trabajaron durante el tiempo en el que México se vio liberado del sofocante régimen de Porfirio Díaz en 1911, y es en este periodo donde se encontró un nuevo espíritu nacionalista bajo la Constitución de 1917. Los tres artistas recibieron comisiones del presidente Álvaro Obregón y del Secretario de Educación, José Vasconcelos, para decorar edificios públicos con temas que glorificaran la revolución y la historia prehispánica de México. El mensaje artístico-político principal, era que los murales a pintar pudieran ser "leídos" fácilmente por el ciudadano mexicano promedio. Los tres artistas participaron en las primeras comisiones, para la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México, durante 1922. El resultado tuvo mucho éxito, y pronto le siguieron otros edificios públicos. La obra monumental de los muralistas mexicanos es reconocida a nivel mundial. * (Fotografía de 1930 en el Palacio Nacional.)

 

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