POEMAS DEL POETA CHITUGUI

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HOMENAJE A ALEJANDRO CRUZ

Cd. Ixtepec, Oax.
Agosto de 1960-septiembre de 1987 

 

La memoria también usa refajo chucu y se desnuda en el río ante la mirada atónita de las nutrias. Cada verso, cual un pez salido del agua, se revuelca en la arena húmeda de la playa, allí donde los chamizos trenzan la cabellera de la luna llena y en donde Paula Coyote hace figuras de niños con la arcilla mojada con su saliva. Hay un lenguaje mineral donde la realidad se ilumina con la tenue luz de la fantasía, donde las palabras se vuelven raíz de hombre, la sal del tiempo. Así es la vena poética de Alejandro Cruz, una voz que desgarra su angustia y se vuelve pájaro en el cielo de nuestros sueños, el árbol donde pende la fruta prohibida del verbo que vuelve a su infancia y se reconoce en el espejo de lo cotidiano: el amor que nos ablanda los hombros, la rebeldía de ser uno mismo y parecerse a los demás, el río circular del erotismo donde los cuerpos desnudos se reinventan, la ira hacia dios por su frágil eternidad, la alegría a manos llenas por la amistad y por la mujer amada.


Corría la época de los setentas cuando la mano invisible del destino nos puso frente a frente a Alejandro y a mí. Fue en los tiempos de la secundaria, cuando se usaban pantalones patas de elefante, zapatos de tacones altos y la cabellera larga; en la radio se escuchaban canciones de los grupos como Los Terrícolas, Los Ángeles Negros, La Tropa Loca, entre otros, a la par que nos emocionaba las baladas de Leo Dan, Roberto Carlos, Roberto Jordán, Camilo Sesto y tantos cantantes de aquellos días. La existencia tenía un sabor a sal y a tortas de crema, ya que el receso se aprovechaba para formar dos bandos y disputarnos la inevitable cascarita de fútbol, lo que nos hacía sudar de manera salvaje, por lo que antes del toque del timbre para reanudar las clases comprábamos las tortas para devorarlas, comentando entre risas lo anecdótico del momento. Fue en esa época el descubrimiento de mi pasión por la literatura, mi inclinación íntima por la poesía, la cual compartía con él, que en estas lides me llevaba muchos pasos. Era un placer hablar de algunos poemas contenidos en los libros de texto de Español en la autoría de Amado Nervo, Enrique González Martínez, Dante Alighieri y el célebre madrigal de Gutierre de Cetina: “Ojos negros”.


En los ochentas, la Casa de la Cultura de Juchitán fue una vagina al viento que recibió con entusiasmo a los poetas, pintores y diversos creadores del Istmo con una visión de compartir el pan y la cerveza; eran los días de poner a dorar el corazón en el horno de la realidad y descubrir, como dijera el poeta Mario Benedetti, que la primavera tenía una esquina rota, que el dolor de los pueblos oprimidos exigía un arte de protesta y de propuesta. Allí estuvimos varios poetas, entre consagrados e incipientes, deletreando el alfabeto de los sentimientos, madurando las espigas de los sueños de edificar un mundo donde las mujeres y los hombres tuvieran rostros, pensando siempre apuntalar con nuestras palabras el techo de un nuevo amanecer de la humanidad. Fue en ese ambiente donde la figura poética de Alejandro se distinguió por la intensidad pasional y novedad temática de sus versos. Hombre de su siglo, vivió el ritmo galopante del rock en sus metáforas urbanas, descubrió el erotismo y la ironía leyendo a poetas como Whitman, Sabines, Neruda, Catulo y al amado cocodrilo Efraín Huerta.
 

Fue un Prometeo que robó el fuego del verbo en la cumbre de la codicia y la apariencia estética para devolverlo al pueblo que es su verdadero dueño. Aprendió a escuchar el lenguaje del silencio para que al abrirse las ventanas de la medianoche pudiera sentir la presencia de las cuchibrujas, del pulinyerri, de las altas mujeres tan infinitas como el alba del tiempo, llenas de misterio y poder en su secreto de aparearse con los elementos de la naturaleza; como semillas de la eternidad, ahí están Eustolia Osorio, Na Bundia, María Andrea y Lucía Centeno. Su coraje indómito lo reflejó en su poesía y en su accionar cotidiano; con su paciencia artesanal hizo del mundo un cántaro de barro que llenó de realidad y fantasía, hasta hacerlo desbordar en un manantial donde se bebe la ternura humana.
 

A dieciocho años de su artero crimen, hoy más que nunca su presencia nos alumbra como un sol veraniego y nos hace sentir que la existencia es bella si tiene un sentido propositivo, si se amanece con la ilusión de luchar codo a codo por reinventar la justicia y la libertad. Alejandro era tan optimista, que de estar presente físicamente entre nosotros, no se conformaría con sólo hacer una pinta al cielo, sino que con su inteligencia y habilidad de ladrillero y poeta estaría pensando cómo hacer un muro en la atmósfera terrestre para tapar el hueco en la capa de ozono.
 

Profr. Esteban Ríos Cruz
Asunción Ixtaltepec, Oax., septiembre de 2005


 

POEMAS DEL POETA CHITUGUI

Alejandro Cruz Martinez
Poemas de amor dolido del libro “ Se cancela por olvido”

El día está triste y pensativo
no hagas caso de su nostalgia
vete a caminar tus recuerdos
y a mancharte la piel con la amargura.

Así te digo a diario
al pestañear la tarde triste
la tomas de brazo y viajan en autobús.

Le das un apretón de manos
un beso
vuelves la espalda
y sienten tus talones
sus fragmentos de nube.

Así me contestas a diario.
 

II


No me cabe tanto amor
en este pecho
en este cajón anquilosado
que puede estallar en mil momentos.

Pues no me cabe tanto amor
y aunque cupiera
la ilusión de contenerlo
haría desbordarlo.

Puedo ser sincero y decirte
que mi pecho de adobe y paja
no basta para represar mi amor.

Sin embargo
he aprendido a vivir con este derramamiento.

Tu amor que se desborda
de este pecho anquilosado
a final de cuentas
se lo entregaré a otras
porque no se desperdicie.

III


No se cómo pedirte
que me ames absolutamente
aunque solo sea un día.

Pero solamente a mí
que te olvides que eres de otros muchos
antes que yo.

No sé cómo pedírtelo.

Lo juro.

Necesito tu absoluto amor
por una tarde
tan sólo una tarde
para beber tu indiferencia.

IV


Dibujaste un beso
sobre mis labios anhelantes
un beso que he desprendido
lentamente de mi boca presurosa
un beso que está colgando
en la pared solitaria
de aquella esquina ¿te acuerdas?
donde aún sigo esperando.

V


Injertaré un beso
a las plantas de tus pies
a las flores de tus senos
al brevísimo césped de tu pubis.

Injertaré otro beso
a la raíz de tus cabellos
y puedas peinar mi aliento
en tu fértil cuerpo de barro
brotarán ansiosas carcajadas
y serán tus poros milenarios
pozos con aguas apacibles
cuando se descobije
la primavera
mi pasión brotará constante
en la pradera de tu nombre.
 

LAS HISTORIAS QUE EL TIEMPO NO REGISTRA

Pensadas para llevarse a teatro comunitario, lo cual lo hicieron 3 grupos de oaxaca.
 

AMOR Y MUERTE DE MARÍA DE PACHI



I
 

Camino descalzo
entre las leyendas de María de Pachi.

Es un caminar de mezquites, cuchibrujas y duendes
cada palabra suya es un pozo de recuerdos viejos
y el camino es largo
como la voz de ella.

La enagua de María de Pachi tiene lunares rojos.

Beso de pitahaya y paguyeo.

Abrazo de iguana y arena.

No quiero volver lo caminado
sobre los hombros de María de Pachi.

Mirada de sulfurosa tierra sobre un pecho de brocado encendida palabra de flamboyán
mirada que adorna su leyenda.
Hoy me ha contado de los amores del río
con las hijas del viento
escucho a María de Pachi
y me duermo en los brazos de la yucuela
polvo ágil tras lagartijas raudas.

María de Pachi
eternamente sobre el piso de su carreta
es aroma de guie shuba y mudubinas
bueyes de paso lento como la voz de ella
ritmo de palabras aladas y luces de alegria
chamizo que se revuelca con la sombra
vaho fresco de vientre acalorado.

María de Pachi
casa a su hija anémica de albahaca
con el huanacastle animoso
los alcarabanes y chituguís se acomodan la voz
en su garganta de barro.

María de Pachi
hoy dormirás sola en tu hamaca de ixtle
déjame dormir entre tus dientes gastados y
podridos
para no olvidar el ritmo de tu voz
ni el calor de tus cuentos.

Ando sobre las leyendas de María de Pachi
y los brazos del sueño
me enredan el cabello de la muerte Pachi
y un beso largo o una sonrisa ancha
para nosotros
– los viejos–
que los vimos crecer.


LAS MENTIRAS DE MANUEL YELA, como lamayoria de sus trabajos esta fue una recopilación de la historia oral de su pueblo, San Jerónimo, Ixtepec.
 

Manuel Yela se caracterizaba por sus ademanes, su voz, su buen humor para contar sus historias.

El guendaruzá’ diidxaxhiihui’, es el término que utilizó Fray Juan de córdova para explicar el arte de contar mentiras, de hacer mentiras. La mentira no es dolosa, mucho menos intencionada, es el arte de contar sucesos fantásticos, que de antemano sabemos que nos son reales pero les damos credibilidad.

No me importó, al hacer este trabajo, la originalidad de Manuel en sus historias, sino que por atribuírsele a él en Ixtepec, se consigna un relator, pero en el Istmo de Tehuantepec, donde la mentira es un género literario oral, es común que las historias se conozcan en otros puntos de la región y en cada lugar se le atribuya a determinada persona la creación, sin embargo, no hay autores para un género colectivo, al menos que se piense en el autor colectivo de los géneros literarios que las etnias defienden, que es la misma comunidad.

I

Como se crió en casa de su tío Paciano Palomec que tenía ganado, Manuel Yela aprendió a torear. Dicen que toreaba muy bien que hasta los pueblos del Istmo supieron de su fama de buen torero.

En una ocasión, los habitantes de la población de Ranchu Gubiña (Unión Hidalgo), lo invitaron a torear en la fiesta del Santo Patrón y contaba Manuel que en el ruedo, hecho de horcones y polines, en frente de él, había una señora que daba de mamar a su hijo como de diez meses de nacido. Mientras contaba esto, Manuel Yela recordando esa fecha, hacía los movimientos de torero: un ooole y hacía un cambio, ooole y tendía las manos como si estuviera frente a un toro y decía: Aja toro, órale bonito, y le chasqueaba la boca y avanzaba un pie, se ponía de lado y siempre invitando al toro. Decía Manuel Yela que esa tarde toreó tan bonito que la gente le aplaudió tanto, pero lo que más emocionó fue que el niño dejó el pecho materno y gritó: “Viva Manuel Palomec” y siguió mamando.

Versión de Jesús Hernández
4ª sección, Cd. Ixtepec, Oax.


 
II

San Jerónimo es mi pueblo y es tan bonito que nunca me voy a ir a vivir a otro lado. Decía Manuel Yela Cuando se inundo el río, la gente que vive al otro lado, en Cheguigo, pasa al pueblo por el puente del tren. Ese puente está un poco al sur de la iglesia de nuestro Santo Patrono.

Dijo que nunca se iba a ir de aquí, pero un día fue a México. Llegó en el tren y se bajó cuando dijeron que esa era la terminal, que ya estaban en la ciudad. Pero había tanta gente, tanto carro, tanta casa, dijo, que ya no cabía él. y a lo mejor se perdía y se regresó. Se metió otra vez a la estación y pidió un boleto de regreso a San Jerónimo, ya no había, ¡en México también se acaban los boletos! y ahora ¿qué hago? pensó Manuel, pero adelantito vió una tienda y listo como era, inteligente como era, porque era meñú, que le dice a la señora que vendía: “véndeme dos jabón oro, de ese jabón en barra, ¡gruesote! y que lo pone bajo su huarache, se subió a la vía y se vino toda la vía desde México hasta San Jerónimo. No se lo vas a creer pero al llegar al puente que se baja de la vía, todavía quedaba una tejita de jabón, con esa se bañó en el río.
 
Versión de Emilio Enríquez
4a. sección, Cd. Ixtepec, Oax.

 

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