CUENTOS Y LEYENDAS

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Leyenda sobre el Cristo de Chamula.- Motivo Psicológico de las Crucifixiones Reales o Simuladas.

Cuando vinieron la reducción y la encomienda, los indios remisos en la aceptación del evangelio, huyeron a lo más inaccesible de los montes. Los benicolaza  que no quisieron soportar la esclavitud y la imposición religiosa de los conquistadores se convirtieron, con las artes de su hechicería en piedras, tepalcates, monos y pájaros, según su grado de elevación mágica. Los que no pudieron hacerlo, se remontaron a las serranías. De aquí el origen de la creencia vernácula en los binquizacs. Estos, que no supieron o no pudieron escaparse por medio de la hechicería y del ocultismo nativos, de los propósitos del Conquistador, huyeron de la sociedad hacia los sitios más apartados de los centros habitados y ahí han seguido después de cuatrocientos años según las consejas de nuestros actuales y sencillos indios en las inexploradas y abruptas regiones a que me he venido refiriendo.

Relatan los viejos zoques de San Miguel y Santa María(1), que sus antepasados de más allá de la sierra, queriendo identificarse con Jesús y su doctrina, en un terrible esfuerzo para comprender las prédicas de los dominicos, que adoctrinaron su comarca, dispusieron repetir la tragedia del Gólgota en la persona de alguien perteneciente a su propia raza y así sentir de cerca el dolor del sacrificio Divino. Alegaban que Jesús era judío, gente odiosa para los mismos padres de la Iglesia, que como tal no tenía ningún vínculo racial ni moral con ellos, los naturales; que era preciso, para sentir con toda la devoción necesaria el holocausto del Nazareno, que la cruenta ofrenda fuera de su propia sangre, que la suprema oblación viniera de ellos, de los indios, de su propia raza americana. Sólo así podían abandonar a sus arcaicos ídolos. Entonces, y aún se mantiene viva la tradición entre los viejos , en la región central del hoy Estado de Chiapas, rumbo al camino oculto entre las selvas de la cordillera andina, se repitió el inmenso drama del Calvario y este acontecimiento ocurrió poco tiempo después de la caída del Imperio de Maximiliano de Austria. Es de presumirse que esta crucifixión “reconciliadora” no pudo ser otra que la efectuada en la persona de un niño chamula el Viernes Santo de 1868 y en las proximidades de la antigua ciudad Real, hoy San Cristóbal de las Casas.

(1)   Chimalpa en continua comunicación con los zoques, cherenes y chamulas de Chiapas.

Los ancianos aborígenes de Chimalapa descendientes de la raza zoque, una de las más resistentes y viajeras de Oaxaca y Chiapas rememoran aún en sus consejas al Cristo indio de San Cristóbal en su idioma nativo “Chichib!(1)

El licenciado Vicente Pineda en su obra “Historia de las sublevaciones indígenas habidas en el Estado de Chiapas” recuerda este trágico incidente en la vida de los indios rebeldes de aquel Estado, lo que confirma la verosimilitud y aún la realidad de la tradición zoque de los chimanalpas.

En efecto, Pineda relata que: “En la Iglesia de Santo Domingo de Ciudad Real hay una imagen que llaman el “Santo Entierro de Cristo” a quien los indígenas del pueblo de Chamula tienen mucha devoción, visitándola en cuaresma y principalmente en Viernes Santo, trayéndole velas de cera, flores y hierbas odoríferas. En la cuaresma de 1868 se notó repentinamente los indígenas habían dejado de venir a romerías; muchos creyeron que esto dependía de que ellos estaban satisfechos con los dioses que se habían forjado a su manera, pero poco a poco se averiguó que Pedro Díaz Guzcat les había hecho ver que no necesitaban adorar a imágenes que representaban a personas que no correspondían a su raza, teniendo las propias, tanto más, cuanto las que había en sus templos eran fabricadas por los ladinos; que éstos en tiempo antiguo habían electo uno entre ellos para clavarlo en una cruz, a quien llamaban el Señor; que la crucifixión la repetían todos los años en Cuaresma y que acercándose el día en que esto debía verificarse, proponía hacer igual cosa con un vecino del pueblo para tener así un Señor propio a quien adorar, que tuviera un misma alma y una misma sangre que sus hijos. La proposición fue aceptada y a continuación se eligió para ser crucificado en el próximo Viernes Santo del año 1868 al joven indígena Domingo Gómez Checheb , vecino del pueblo de Chamula, hijo de Juan Gómez Checheb y de Manuela Pérez Jalcogtom” (Recuerdese que hace algunos años ocurrió un hecho análogo en Tequixistlán, Oax., en que un fanático italiano , Di Gabrielli, fue también crucificado por los indios chontales en reproducción del martirio de Jesús).

Es así como podemos asegurar que la causa psicológica de las crucifixiones reales o simuladas que se practican de tiempo en tiempo en nuestros pueblos aborígenes no es otra cosa que el supremo anhelo que ellos alientan de experimentar en la carne y en la sangre de su raza el excelso sacrificio de Jesús para sentirse partícipes del agravio universal que significó la tragedia del Golgota.

(1)Corrupción de la voz chamula Checheb.

La devoción del “Santo Entierro” de San Cristóbal de las Casas, (1) persistente entre las poblaciones zoques de Chimalapa, Niltepec y Zanatepec del Distrito de Juchitán, hace probable la creencia tradicional de que existía un camino a través de la montaña, para los profanos, inaccesible, que unía directamente a dichos pueblos con los del corazón del Estado de Chiapas, donde existen todavía importantes núcleos de raza zoque idéntica a la que habita en la porción Norte de la región zapoteca del Istmo de Tehuantepec, pero aparentemente separada de aquellos por la gran serranía que hasta hoy no ha podido ser franqueada por los exploradores o por los guerrilleros de nuestras frecuentes intestinas.

¿Existe esa senda secreta a través de las escarpadas serranías de Chimalapa que limitan Veracruz y Chiapas y que comunicaba a las razas aborígenes de Oaxaca con las del Sur del Continente? ¿Al desaparecer esa oculta vía quedaron aquellos pueblos o tribus habitantes de la misma cordillera separados del resto del mundo, dando así ocasión a la creencia en los salvajes binquizacs de la leyenda? ¿Todo ello es pura imaginación y fantasía?

Esto es lo que hay que averiguar. El hecho es la existencia real de esa región inexplorada que he señalado en estos artículos. Al norte de Zanatepec, más allá de la montaña “Sol y Luna”, pero todavía en parte de la sierra transitable, los rancheros de la región han dado fe en qué tiempo y por quiénes fueron construidos, y hablan de vestigios de muertas ciudades hoy cubiertas de malezas. En tales sitios medran árboles frutales que nadie sabe quién plantó; flores hermosísimas y finas que revelan la acción de un anterior cultivo; plantíos de cafetos y cacaos, naranjos y manzanares, parajes que hoy son sólo refugio de las dantas, tigres y pumas. El labriego que se atreve a recorrerlos va siempre con el temor a lo desconocido y lo misterioso, y no es extraño que confunda el estrépito de un tronco de árbol al rodar por las laderas de los montes, con la desenfrenada fuga de seres salvajes o satánicos.

El enigma se presenta en toda su magnitud al otear, sobre las más altas cimas de la lejanía azul, imponente y majestuosa: no parece tener fin. Es la gran zona del misterio desde donde la fantasía lugareña cree, a veces que procede en las horas de calma del crepúsculo el apagado resonar de caracoles marinos, de clarines vernáculos empleados antes por nuestras razas, o bien el vibrar de lejanas campanas cuyos ecos se dilatan en la sombría soledad de la hostil y enorme cordillera andina.

(1)   Efigie que existe en el magnífico templo dominico de aquella señorial ciudad.

 

 

QUETZALCOALT O PELAQUETZA

En la cumbre de una montaña vivía desde antes del amanecer del mundo el Viejo Rayo de fuego, Cosijoguí. Era el rey y Señor de todos los rayos grandes y pequeños.

Al pie de su trono deslumbrante tenía bajo su custodia cuatro inmensas ollas de barro donde guardaba encerrados, en una, a las nubes; en la otra, al agua, en la tercera al granizo y en la cuarta al aire. Cada una de estas ollas, a su vez, estaba vigilada por un rayo menor en forma de “chintete”, o lagartija.

Era la época en que todos los hombres vivían en la oscuridad.

Para probar su poder el Viejo Rayo Cosijoguí ordenó  al “chintete” Cosijozáa, encargado de las nubes, que destapara su tinaja y dejara en libertad a aquéllas. Una columna de vapor se levantó a los cielos y rápidamente invadió los espacios siderales. Los hombres quedaron maravillados de aquel espectáculo imponente y grandioso. El Rayo Menor Cosijozáa jugueteaba, mientras tanto entre las volutas de la gran masa gaseosa, y cada movimiento suyo era un relámpago que por momentos desvanecía las tinieblas de la Gran noche.

Pero los hombres tuvieron sed y elevaron sus preces al Viejo Rayo de fuego para que lo calmara. Cosijoguí dispuso que el segundo “chintete”, Cocijoniza, abriera su olla. Las aguas salieron de ésta y cabalgando  sobre las nubes llenaron el ambiente terrestre. Y empezó a llover. Duró la lluvia muchos días hasta que los hombres y los demás seres que con ellos convivían empezaron a temer.

Mientras ello ocurría, el Rayo Menor Cosijoniza se divertía haciendo piruetas en la altura y cada pirueta era un relámpago que iluminaba el mundo.

Un coro de voces dulces e insinuantes se elevó hasta el trono del Viejo Rayo Cosijoguí. Las mujeres le pedían que mandara a destapar otra olla porque querían saber qué era lo que contenían las restantes. El Rayo de fuego sonrió maliciosamente y al principio quiso complacer la curiosidad femenil, pero al fin, ensoberbecido de su poder, accedió a la súplica de las mujeres del mundo. El tercer “chintete”, al mandato de su amo, dejó escapar de otra tinaja el granizo. Y del cielo, bien pronto cayó desordenada y tumultuosa pedrizca de agua enfurecida. Gruesos granos de hielo, fríos y quemantes, cayeron sobre la tierra atónita primero, y después horrorizada de la tempestad. Los tres rayos menores iluminaban el cielo con sus continuos relámpagos y con sus truenos estremecían el espacio mientras la tormenta de agua y de granizo parecía indicar el fin del mundo y la muerte de todos los seres.

Hombres y mujeres, bestias y pájaros, entonces consternados, refugiados en los riscos de la cordillera impetraron al Viejo Rayo para que calmara la tormenta. Pero Cosijoguí, el Rayo de fuego no dio oídos a las plegarias del mundo. Hombres y mujeres, bestias y pájaros invocaron entonces a Pitao, el Gran Aliento.

De pronto hacia el Oriente se abrió el negro cortinaje de las nubes. Un vivo resplandor iluminó el horizonte y apareció el  fulgurante disco del Sol, Gobicha. El viejo Rayo de fuego, que impasible contemplaba la tempestad y se complacía en su pujanza como la suprema deidad hasta entonces sobre el mundo, sintió un extraño pavor celeste en su corazón. Reconoció la excelsitud del Padre Sol, Gobicha y ordenó al último “chintete” que pusiera en libertad al viento para que ahuyentara la tormenta. Cosijopí obedeció en el acto; el Viento se lanzó al espacio tenebroso; el “chintete” Cocijopí desgarró las entrañas en las nubes con una formidable centella deslumbrante y con un trueno gigantesco llamó a sus hermanos, los demás jefes de los elementos desencadenados, quienes volvieron sumisos y obedientes a su triple refugio sobre la cumbre de la alta montaña.

Y el Viejo Rayo de fuego, para rendir homenaje al Amo de la Luz, compasivo, justiciero y bueno, tendió sobre la inmensidad un hermoso y multicolor puente, cuyas bases arrancaban del corazón de la tierra, y nació el Arco Iris, nuncio de calma, la serpiente adornada con plumas de quetzal, una de las manifestaciones de Quetzalcóatl o Pelaquetza, enemiga de la tempestad, bebedora del agua del océano, de las nubes y de las tormentas y desde aquel día amigo y protector de los seres de la Creación.

 

 

 

Cuentos Mixtecos

El Tlacuache Rabo Pelado

El Sol y la Luna, cuando eran pequeños fueron arrojados por sus padres al río, con la intención de que se ahogaran, porque aquellos no los querían.

Una viejecita que con su ayate pescaba en la corriente, los recogió y dijo :-¡ya tengo hijos!- y se alegró mucho.

Crecieron los niños y fueron muy traviesos. Un día le preguntaron a la anciana que a donde estaba su padre (de ellos) a quien querían conocer. La señora para complacerlos les dijo:

-Vais a llevar alimentos a vuestro padre que está en la montaña y ahí lo conoceréis-. Y les entregó un “itacate” con sabrosas provisiones.

El sol y la luna se dirigieron a la montaña en el sitio que la “viejita” les indicó debían encontrar a su padre y cuál no sería su sorpresa al encontrar en él en vez de un ser humano, a un venado.

-Este no puede ser nuestro padre-se dijeron contrariados. Y acto continuo dieron muerte al animal, lo cargaron hacia la cumbre de un cerro a donde sabían que una hechicera, en una fogata, guardaba el fuego del mundo. Le pidieron un tizón a la bruja para hacer lumbre, y después barbacoa con el venado, y aquélla se los negó porque creía que iban a quemar el monte.

Entonces se valieron del mapache, quien demandó también una brasa a la hechicera, pero ésta, lejos de dársela, lo apaleó.

El sol y la luna acudieron al tlacuache para que fuera a conseguir con la bruja el fuego que tanto necesitaban. El tlacuache  se metió al río y se mojó, y en seguida se le presentó a la hechicera y humildemente, titiritando, le dijo:

-Madrecita, tengo frío, dame un lugar junto a tu lumbre para secarme.  

La bruja del fuego se lo permitió y el tlacuache aprovechando un descuido de aquélla, metió la cola en la hoguera y de este modo obtuvo fuego para que el sol y la luna pudieran hacer barbacoa del venado.

Por eso el tlacuache no tienes pelos en la punta de la cola.

Origen del Panal de Avispas

El sol y la luna hicieron con el fuego robado a la bruja por el tlacuache, barbacoa de venado y se la comieron juntamente con las provisiones de boca que llevaban. Pero antes le habían quitado la piel a la víctima.

Acto continuo cogieron muchas avispas y rellenaron con ellas el cuero del venado dejando aquel despojo con apariencia de vida, tras de una loma.

Llegaron ambos jóvenes a su casa, y su mamá les preguntó si habían visto a su padre y le habían entregado su comida.

-No hallamos a nuestro padre, y como no aguantamos el hambre nos vimos en la necesidad de comernos lo que llevábamos, contestaron.

Entonces la vieja, alarmada, se apresuró a inquirir por su esposo, llevando un apaztle lleno de tortillas y no habiendo dado con él donde habitualmente debía encontrarlo, se fue por todos los cerros a buscarlo gritándole su nombre.

Por fin, la señora dio con la piel del venado lleno de avispas impacientes. Creyendo que su esposo vivía aún le reprochó tiernamente:

-¿Por qué no me contestabas, hijo?

Pero la piel, aunque moviéndose, siguió en silencio. La anciana le dio con una piedra, pero la piel continuo muda. Viendo esto, ella le propinó un fuerte golpe con un guijarro más grande; la piel se desgobernó y cayó al suelo; las avispas salieron y se lanzaron contra la “viejita” y la picaron por todas partes hasta hacerla correr, ella tiró el apaztle de tortillas que las avispas devoraron en un instante con todo y vasija: por esto el panal de las avispas recuerda la forma convexa del apaztle, y sus capas superpuestas la figura de las tortillas, y todo ello fue un episodio que ocurrió en los lejanos tiempos en que las gentes de la raza “vivían en la oscuridad” y se permitía la unión entre seres humanos y animales.

 

El Santo de Tlacuachito

Todos los animales dispusieron adorar a uno, hacerlo su “santo”. Eligieron al tlacuache. El cantor fue el coyote, y los demás seres se repartieron las obligaciones del culto. Colocaron un día, sobre unas andas al tlacuache y empezaron a cantarle.

-¡Santo tlacuachito, dientes de marfil!

-Bueno, bueno,-aceptaba contento y vanidoso el tlacuache.

De pronto se escuchó la voz del conejo que prorrumpió:

-¡Santo tlacuachito, rabo pelado!

Entonces el tlacuache, disgustado, pegó el brinco de las andas y se fue.

 

 

Pájaro Verde

El rey mixteco de tututepec Dicacañu (León Grande) y el de Amialtepec, Kacueña(Siete Lagartos) de los Chatinos, para consumar una alianza entre sus respectivas naciones concertaron una boda entre le hijo del primero, el gallardo Tidacuy, Pájaro Verde y la Princesa Kesné, Flor de Ciruelo, hija del segundo.

Corrían los tiempos de la antigüedad pagana: ninguna nube de pesimismo oscurecía el cielo indiano en esta región del continente. Siglos faltaban para que las carabelas de Colón surcaran el océano en busca de las tierras de la especiería y del oro codiciados.

El príncipe mixteco no aceptó la mano de su noble prometida Kesné, porque había entregado secretamente su corazón a la bella Itayuta, Flor del Agua, hija predilecta de un esforzado capitán de su raza y leal servidor de su padre el rey Dicacañu.

Causó a éste tal disgusto la actitud renuente de su hijo, que hizo llamar a su real presencia a sus hechiceros para ordenarles que con sus mágicas artes castigaran a Tidacuy.

Los taumaturgos del rey mixteco, convirtieron al príncipe rebelde en un hermoso pájaro de verde plumaje.

Tidacuy, “Pájaro Verde”, cuando se vió  en su nueva figura, avergonzado y triste se retiró a la selva a llorar su desgracia. Todas las aves de la montaña cuando lo conocieron y supieron las causas de su encantamiento, sintieron por él profunda conmiseración y simpatía y le construyeron su nido en lo más escondido del bosque. Y todas las mañanas iban a saludarlo con sus trinos y a llevarle su tributo de golosinas y flores de la salvaje espesura.

Poco tiempo después repentinamente murió el rey Dicacañu sin tener ocasión y tiempo para disponer sobre la suerte de su hijo tidacuy, “Pájaro Verde”, quién continuó encantado en su residencia de frondas.

La madre de Tidacuy, quién también sufría por la desventura de éste, después de haber consultado con los nigromantes de la corte, fue a buscar a su hijo, a su silvestre morada y le dijo:

-Tidacuy, hijo mío, porque me duele tan cruel infortunio he venido a verte. Tu padre el rey  de Tututepec ya no existe y como no pudo resituirte a tu figura humana, he consultado con los magos de palacio qué es lo que precisa hacer para que vuelvas a tu naturaleza primitiva. Me han contestado que para que ello se logre, tendrás que llenar trece alcuzas con lágrimas; fabricar con plumas una alfombra de siete brazadas de ancho por otras tantas de largo; y colmar trece ánforas con la miel de las flores. Tal es el presente que llevarás a nuestros dioses con la condición además, de acatar el mandato de tu padre uniéndote con Kesné, la hija del rey de Amialtepec.

La noticia de las pruebas exigidas a “Pájaro Verde” para su redención se extendió velozmente por todos los montes.

Mientras tanto Tidacuy seguía alentando en su alma su amor inquebrantable a Itayuta, “Flor de Agua” su amada, quien también conocedora del terrible castigo impuesto a la desobediencia de su amante, gemía sin consuelo y lo recordaba con ternura infinita.

Tidacuy ofreció obedecer la voluntad del rey, su extinto padre, pero con una paloma mensajera, reiteró a Itayuta su promesa de fidelidad y de amor.

La madre de “Pájaro Verde” llevó sobre la cumbre de una loma trece alcuzas y todas las tortolitas del bosque fueron a llorar para llenarlas con sus lágrimas.

Las guacamayas y tucanes, las urracas y las garzas, todas las aves de primorosos colores, con sus picos se arrancaron sus más hermosas plumas y tejieron la alfombra que habría de tapizar el fastuoso templo del dios implacable “Corazón del mundo”.

Y una nube inmensa de colibríes volaron presurosos para recoger la miel de todas las flores de la selva y depositarla con sus gráciles picos en las pequeñas ánforas dispuestas para ese fin, sobre el collado.

Reunidas todas las ofrendas, la madre de “Pájaro Verde” y éste, se dirigieron al adoratorio de sus gentiles dioses y prosternada aquélla ante los pétreos númenes invocó a “Corazón de Mundo”, a través de aquellas idolátricas efigies y exclamó:

-¡Oh, “Corazón de Mundo”, dios invisible! ¡Dioses de mi raza! ¡Aquí están los presentes que “Pájaro Verde” os entrega para que le ayudéis a recobrar su libertad! Trece cantarillos contienen las lágrimas de las tortolitas que han llorado la desgracia de Tidacuy, otros tantos están plenos del néctar de las flores y todas las aves del cielo se han arrancando sus plumas para formar con ellas la espléndida estera que habrá de cubrir las gradas de esta mansión divina. ¡Devolvedle a mi hijo su antigua forma!

El prodigio se realizó; “Pájaro Verde” volvió a ser el apuesto mancebo que había sido antes de su cruel castigo y los dioses compadecidos de él, premiaron la lealtad de sus sentimientos y compensaron con dicha gloriosa las penalidades que por su desobediencia había sufrido, permitiéndole celebrar sus nupcias con Itayuta, “Flor de Agua”, la amada de su corazón.

Tidacuy, con solemnísimas pompas y con júbilo general de su pueblo que  en él reconoció valiosas prendas morales, fue proclamado rey de Tututepec, antigua Capital mixteca, cuyo nombre está íntimamente vinculado con esta singular leyenda que hasta hoy se conserva entre los habitantes de aquella región costeña del Pacífico: Tototepec en lengua méxica, Yucudaá (1) en mixteco, palabras nativas que significan “Monte de Pájaros”.

El monte Yucudaá se encuentra en los suburbios del pueblo actual de Tututepec.

(1)La d suena como th inglesa- Los lugareños dicen Yucuzaá

Tomado de Oaxaca Recóndita. Wilfrido C. Cruz. Comité Organizador del CDL Aniversario de la Ciudad de Oaxaca de Juárez. México, DF. 1946.

 

 

La Paloma Encantada

(Leyenda Trique)*

A la orilla del Río Sagrado de Copala estaba Kukuju, una mujer casi anciana, en compañía de su hijo Tiñen.

Observaban, entre la maleza, el correr del agua. De pronto apareció una paloma revoloteando, la que después de mirar por todos lados, sacudió sus alas y por arte de magia se tornó en una hermosa joven, que quitándose la ropa, se lanzó al remanso. Tiñen, maravillado por la hermosura de la doncella, comentó:

-¡Que bella mujer, yo la quiero por esposa!

A Kukuju se le ocurrió una idea. Deslizándose, tomó la ropa de la joven y la escondió en el hueco de un árbol.

Al salir del baño, la doncella lanzó un grito, aterrorizada al no encontrar su vestuario.

-no temas nada y cúbrete con esto-le dijo Kukuju, mientras le extendía un lienzo que traía como turbante.

La hermosa mujer se cubrió con la tela y reclamó sus ropas.

-Yo no las he visto. Observé a un cazador que pasó corriendo con un bulto de las manos. Ven a mi cabaña y te daré uno de mis huipiles-respondió Kukuju.

En la choza, una vez cubierta con el huipil de Kukuju, la joven se deshacía en llanto, exigiendo su vestido.

Tiñen apareció, simulando ignorar lo ocurrido. La doncella continúo suplicando sus vestidos y para mover compasión, confesó que sin ellos no podía volver nunca a su país, porque eran sus alas de paloma. Esa confidencia fue su perdición.

El tiempo pasó y la doncella parecía írsele borrando el pasado. Fingía felicidad y sonriente aceptaba su destino actual. Correspondió a los amores de Tiñen y él y Kukuju le llaman Chagun, que significa “Paloma Encantada”.

En una ocasión, Tiñen hizo un viaje más allá de los linderos de Copala. Chagún pidió permiso para irse a bañar al río, donde había descendido en forma de paloma.

Kukuju se lo permitió. Chagún tenía el presentimiento de que su ropa estaba en las cercanías de aquel sitio. Buscó por todos lados y la encontró en un árbol, se vistió con ella y, convertida nuevamente en paloma, desapareció.

Al volver Tiñen y al no encontrar a Chagún, se deshizo en llantos y lamentaciones.

-¡Recuperó sus alas mi paloma encantada! ¡Ya no la volveré a ver! Kukuju en vano trataba de consolarlo, sintiéndose culpable, Tiñen abandonó la casa para buscar a Chagún por todo el mundo. Recorrió los contornos y nadie dio información de ella.

En su desesperación consultó con el sol y la luna, pero ellos no supieron darle noticias sobre la paloma encantada y al implorar su ayuda, el viento le dijo:

-¡Albricias muchacho! He visto a tu mujer, se encuentra muy lejos de aquí, en una isla que rodea el agua grande (mar) Mmeyiaha. Si te sientes con fuerza, yo te llevaré con ella.

Tinén aceptó feliz la propuesta, el viento con sus potentes giros lo transportó en sus alas.

Después de atravesar el mar, descubrieron una isla llena de vegetación. El viento dijo:-Hemos llegado. No tiembles ante ningún peligro. Si me necesitas llámame.

El viento depositó a Tinén en uno de los suburbios de la hermosa ciudad llena de edificios grandes y jardines exuberantes. El joven trique observó que nadie transitaba por el pueblo, pero apareció un grupo de guerreros que, hablándole en lengua extraña que no comprendió, lo hicieron prisionero y lo llevaron a un calabozo. Después de dos días de cautiverio, lo condujeron ante la cacica del lugar y una joven  sirvió de intérprete.

-Extranjero, has llegado a un país en el que está prohibida la entrada a los hombres. Los guardias son mujeres con disfraz masculino. Podríamos matarte, pero quiero saber el porqué estás aquí.

El contó su historia y la gobernante, conmovida por sus lágrimas, le dijo que se le perdonaría la vida si se sometía a tres difíciles pruebas y si salía airoso, le haría entrega de su añorada Chagún.

La primera prueba consistía en guardar en varios corrales cercanos, antes del amanecer, miles de cabras salvajes que pastaban en las colinas. Tinén suplicó  ayuda al viento y éste resolvió la primera prueba.

La segunda consistía en llenar los estanques de palacio, donde se criaban muchos peces, con agua “viviente” del mar.

La tercera prueba era reconocer a su mujer entre miles que desfilarían ante él. También el viento mostró quién era Chagún, con una ráfaga que le hizo volar el tápalo que la cubría.

-¡Esta es mi esposa! ¡No volveré a permitir que me separen de ti!

La gobernante de la isla de las mujeres cumplió su palabra y les unió las manos mientras decía:

-Chagún, por el amor de tu esposo te perdono, porque has faltado al juramento de no ligarte con ningún varón. Ve con él a su país y no pienses en regresar más a la que hasta hoy fue tu patria.

Los jóvenes celebraron sus bodas solemnemente, con un festejo que les ofreció la cacica.

Después, el viento los llevó nuevamente a la cabaña de Copala, junto al río, donde vivieron felices en compañía de Kukuju.

*Esta leyenda la recogió el Lic. Wilfrido C. Cruz en San Andrés Chicahuaxtla.

 

 

ITA ANDEHUI

(Leyenda)*

Hace muchísimos años vivía en medio de la espesura de un bosque, situado al oriente del Yucutuó (Cerro Negro), la hermosa Ita Andehui (Flor del Cielo) en unión de Cozcaxóchitl (Collar de Flores), su madre; Coyotzin su padre, capitán de la guardia de Tilantongo, había muerto.

Habitaban una casa de madera y paja en medio de un claro del bosque de ocotales, encinos y un suelo cargado de flores silvestres de diversas tonalidades y aromas.

Cuando el fuerte sol mixteco estaba en el cenit, Ita Andehui bajaba al río, donde se sumergía plaenteramente. Después de aquel frescor diario, llenaba un cántaro de agua y volvía a su hogar.

En una ocasión se encontró con un grupo de soldados que andaban de caza y cuyo jefe Anon Nau (Corazón de Tigre) se dirigió a ella; al verla medrosa como una gacela del  monte, ante la presencia de extraño, le dijo:

-¡No temas nada! y mirando sus bellos ojos negros, sintió que había sido atrapado por esa hermosa red que los humanos llaman amor.

Ella también lo miró con no disimulado interés y él la acompañó hasta cerca de su cabaña.

El amor ató aquellas dos almas jóvenes y ambos se soñaban uno al otro. Anon nau, por medio de una de sus hermanas, logró una entrevista con Ita Andehui en la Roca Gris, junto al adoratorio que allí se había erigido en honor del Olimpo Mixteco.

Los amantes hicieron un juramento eterno, delante de aquella imagen azul de Yya Sadzatnahan Daha, numen del himeneo.

La presencia de Cozcaxóchitl interrumpió una de estas entrevistas y severamente los reprendió, por verse en ausencia de sus padres. Ambos habían roto las leyes de la moral indígena y se acordó ir al santuario de Achiutla, para que el gran sacerdote les otorgara el perdón de aquella grave falta.

Dos días después se dirigieron al centro religioso, donde se estaba verificando la fiesta del “Fuego Nuevo”, que cada 52 años se llevaba a cabo. El gran pontífice escuchó a los enamorados y después de amonestarlos les impuso una penitencia de veinte días de ayuno, prometiéndoles santificar su amor al terminar las fiestas.

Anon Nau, acompañado de su madre y familiares, se dirigieron a la casa de Ita Andehui  para hacer la petición formal de matrimonio.

Fueron amablemente recibidos en la cabaña. Expresaron sus deseos a Cozcaxóchitl entregándole, de acuerdo a la costumbre, joyas de oro y plata como presentes.

La belleza de Ita Andehui se acentuaba el día de la boda, con el hermoso traje nupcial. El pontífice les dirigió un exhortación y tomando la capa de Anon Nau, la ató al manto de Ita Andehui y una trenza de ella la ciñó al brazo de él. Tres veces los zahumó con incienso y los declaró unidos en matrimonio.

Se sirvió el banquete de bodas en la casa de Anon Nau. Se obsequió a los invitados con caldo de guajolote, dos moles, tortillas, fruta y miel. Y muchos soles y muchas lunas atestiguaron su felicidad.

Pero un día, Moctezuma invadió los dominios de los reyes mixtecos. Se alistaron tropas para contener el avance de los aztecas. Y Anon Nau tuvo que partir dejando a Ita Andehui desolada.

Rudos y prolongados combates libraron en Tlacotepec, siendo derrotadas las fuerzas de Moctezuma. Varios guerreros se distinguieron.

Anon Nau, quien fuera comisionado para negociar una alianza con los Tlaxcaltecas y los Huejotzincas, no volvió con el ejercito triunfante.

Entre tanto, Ita Andehui había dado a luz a un niño al que llamó Citlatemoc (Lucero que desciende).

En un anochecer corrió la noticia de que regresaban vencedores los guerreros mixtecas, menos algunos de sus jefes, entre los que se encontraba Anon Nau.

Al saber esta noticia, Ita Andehui, trastornada por el dolor, se arrojó al precipicio que se abre en uno de los flancos de la Roca Gris, cerca del adoratorio.

El cadáver fue recogido y se le vistió con sus mejores ropajes y joyas de oro. Practicadas las ceremonias religiosas, se depositó en una tumba, junto a varias piezas de cerámica, amuletos y vasijas con maíz para el viaje eterno. La puerta fue clausurada con una losa llena de glifos.

Pero Anon Nau no había muerto. Por el trámite que se le encomendó no pudo volver junto con el ejercito y al regresar a su casa y sabiendo lo ocurrido a Ita Andehui, preso del más terrible dolor, se dirigió a la misma cúspide donde se había arrojado su adorada esposa y se lanzó al vacío.

Desde entonces, en las noches solitarias cuando sopla el viento, se escuchan, confundidos con sus silbidos, juramentos de amor y de hondas lamentaciones, de dos almas que están condenadas a vagar eternamente por haberse privado de la vida, y sin poder ascender a la mansión de los dioses.

Aclaran los autores que Citlatemoc conocido como Malinalli, quedó bajo la protección del rey Sahoeñiñaña, quien lo puso a educar en el “Seminario de Achiutla”. Más tarde ciñó la corona del reino Tlaxiaco.

*Esta leyenda la recogieron Manuel Martínez Gracida y Mariano López Ruiz. Publicada en 1906.

 

 

Las Cacicas Emparedadas*

(Leyenda)

Muy poco después de haberse concluido la construcción de la iglesia, el pueblo de Tlaxiaco vivía en medio de frecuentes pugnas internas, entre los que habitaban las riberas del Yutatoto y los de la colina del actual barrio de San Pedro.

Como parte conciliadora estaban la señorita Ana María Guergué,** quien trataba de realizar una hermandad entre los naturales, para que en perfecta armonía fueran a vivir alrededor del templo, dejando sus antiguos asentamientos.

La construcción del templo había sido un reto, por ser el terreno cenagoso, aunque se había contado con la valiosa ayuda de dos genios, que llevaron el agua para dicha construcción. Ambos convinieron en hacer una apuesta para ver quien lo  lograba durante una sola noche. Uno quiso traerla desde Numi, el otro desde el Trino, más la campana del alba rompió sus esfuerzos; el primero, sólo logró traerla hasta la actual caja de agua, cerca del Cerro Del Malacate. El segundo la llevó únicamente al ojo de agua de San Pedro. El comentario general había sido que, por la soberbia de ambos, el intento había quedado frustrado. (De este manantial se hizo el entubamiento para la introducción del agua a Tlaxiaco).

Pero los tlaxiaqueños tenían una preocupación más, el muro frontal del templo, que aún no estaba coronado por el campanario (se levantó a principios del siglo XIX), no podía sostenerse, y continuamente se derrumbaba.

Para tratar sobre estos problemas, los habitantes de Tlaxiaco y sus alrededores se reunían en el cerro de Yucunitaca, donde se discutía largamente, buscando soluciones a los mismos.

-¡Es que el templo fue construido sobre una ciénega que era paso de arrieros!-argumentaron algunos.

-¡El cielo marcó su construcción!, al pararse la paloma blanca las dos pardas, que se echaron a volar desde el cerro de la ermita- dijo Ana María Guergué, que presidía la junta.

-¡También una mula de la recua que cargaba el cajón de la sagrada imagen de la virgen, se echó cerca del ojo de agua, y no dio un paso más!-comentaron los regidores de la República de Indios.

Se tomó una decisión: la señorita Guergué partiría a Roma para entrevistar al Santo Padre, pidiéndole su  consejo y orientación.

La viajera atravesó el mar y muchas leguas de camino, para hablar con su santidad, y habiéndole expuesto el problema, el Papa contestó pausada y cándidamente:

-La única solución que existe para evitar que el muro vuelva a caerse, es enterrando vivas, en medio de la pared, un par de doncellas; una en cada uno de los lados de la puerta. Hecho esto, no volverá a hacer más derrumbes.

Durante la audiencia se escuchó una campana de argentina voz. La señorita Guergué no disimuló su embeleso por tan celestial sonido; al advertirlo, el Papa le preguntó:

-¿Te gusta el cantar de esa camapana?

Ella contestó que nunca había escuchado nada mejor.

-Si me prometes llevártela, te la regalo. Pero tienes que firmar un documento comprometiéndote a tal cosa-fue la conclusión papal.

La embajadora de Tlaxiaco, acordándose de los genios que eran capaces de cualquier empresa difícil, no dudó un momento y abriéndose la muñeca con un pequeño estilete, mojó con su sangre la pluma y firmó.

De inmediato volvió a Tlaxiaco para reunirse con el pueblo y comunicarle las novedades. Era una tarde envuelta en muselinas de niebla, y el Ituyabi florecía expidiendo su aliento en toda la falda del Yucunitaca.

-¡Yo ofrezco a mis tres hijas vírgenes para salvar el templo!- dijo orgullosamente el cacique.

-¡Sólo necesitamos dos!-clamó el pueblo-, la otra se quedará contigo para cuidarte, ya que tu mujer ha muerto.

Al momento, sin perder un minuto más, fueron emparedadas las cacicas, y gracias a este sacrificio, jamás volvió a caerse un muro, ni aún con el terremoto de 1931.

Por lo que se refiere a la campana, los genios aceptaron de inmediato la comisión y una vez en Roma, identificaron la campana, de acuerdo con las instrucciones que Ana María les había dado, para que no fueran a cambiar a última hora.

Una vez identificada, fueron ante la presencia del Sumo Pontífice y dijeron:-Somos portadores de este documento firmado por Doña Ana María Guergué, comprometiéndose llevarse una campana hasta la Nación Mixteca. Pronto arribaran los representantes del pueblo a postrarse a vuestras plantas, trayendo el homenaje de la raza Ñusabi, pero es necesario que cuando ellos lleguen, ya les tengan el hospedaje listo, es muy numerosa la comitiva...

La campana dio sus últimas ocho agónicas despedidas al caer la noche romana, pues los seis toques de la alborada del día siguiente se escucharon más sonoros que nunca ante el atónito pueblo de Tlaxiaco.

Como un apéndice feliz, agregamos que a Doña Ana María Guergué, por todos estos servicios prestados a la comunidad tlaxiaqueña, le fue concedido para su placer, un risueño manantial de la loma de San Pedro, que se conoce y existe hasta la fecha como la “Fuente de la Cacica”, así como las tierras de la “Cañada María”, que los naturales del pueblo cultivaban, y cuya cosecha le era entregada religiosamente, año con año.

*Tradición que recogí entre los ancianos de Tlaxiaco.

**Familia de españoles radicada en Tlaxiaco durante la colonia. Fueron dueños de la Hacienda e Ingenio de Azúcar “San José” en la cañada de Yosotiche. José Joaquín Guergué, Gobernador de Oaxaca en 1847, casado con Ana María del Solar Campero y Magro, pertenecía a esa misma familia.

 

 

La Campana de los Tacuates*

(Leyenda)

Era el Año del Señor de Mil Setecientos...la parroquia de Santa María de la Asunción se levantaba orgullosa, haciendo sonar la algarabía de sus campanas.

Varios Tacuates***del pueblo Zacatepec se embelesaron oyendo tan hermosas voces, llamando a la fiesta de la “Virgen Patrona”.

Enamorados, especialmente de la voz celestial de una de ellas, al volver a Zacatepec, en conciliábulo, las autoridades decidieron solicitar su compra al cura y República de Tlaxiaco, por algunos “almudes de pesos de plata”.

La negativa fue rotund. ¡Los Tlaxiaqueños no deseaban venderla!

Deprimidos por el fracaso, los tacuates volvieron a su pueblo más obsesionados con el capricho de la campana, y recurrieron a los hechiceros. ¡Si no por la buena, por la mala!

Los brujos dijeron que, como era muy obvio traérsela, lo que podían hacer era robar la voz en un guaje o bule, y así la acarrearía hasta Zacatepec. Una obscura noche fueron los magos de Tlaxiaco; convirtiéndose en lechuza uno de ellos, movió la campana deseada, que se encontraba en el arca mayor(ya que en aquel año, aún no se había fabricado el campanario).

En Zacatepec había gran jolgorio, se preparaba la fundición de una campana que se hacía de bronce, plata y oro. Por otra parte, los hechiceros estaban dedicados a los sortilegios del cambio de sonido.

Cuando se terminó la fundición, la campana se colocó en unos horcones frente al templo, y se probó la voz en el momento en que los brujos destapaban el bule mágico, que guardó la musicalidad tan apetecida.

Los hechiceros hicieron el trabajo completo, porque no sólo escamotearon el sonido, sino que le hicieron “daño” a la campana de Tlaxiaco, la que se rajó. Esto fue también por encargo de los tacuates, que siendo exclusivistas, no deseaban que otra campana tuviera un timbre idéntico a la suya.

Los tlaxiaqueños no se quedaron atrás: al observar el desperfecto y darse cuenta de lo que había sucedido, fundieron la “Campana María” y la “curaron” perfectamente,  a prueba de “daños”.

*Esta leyenda la recogió José María Bradomín, publicándola en un tomo titulado “Leyendas y Tradiciones Oaxaqueñas”.

*Tacuate.-Grupo étnico de la mixteca a la costa.  

 

 

El Callejón del Susto*

(Leyenda)

Cuentan los ancianos, que durante el Siglo XIX, Tlaxiaco estaba débilmente iluminado por las noches, en las Casas Consistoriales y la plaza central, hasta cierta hora. Después “Era una boca de lobo”; el vecindario que salía de noche tenía que ayudarse con un candil de aceite para evitar un tropiezo en el empedrado.

Por aquellos tiempos, vivía en Tlaxiaco una mujer muy popular, cuyo nombre desafortunadamente no se recuerda. Era una mujer “decidora”, comunicativa y que tenía una imaginación incontrolable.

Todo mundo gustaba de sus pláticas amenas y don de gran conversadora. Conocía “santo y seña” de todos los habitantes del lugar. Desde luego, las noticias estaban corregidas y aumentadas con su buena dosis de sal y pimienta.

En una ocasión, al volver de una fiesta a deshoras de la noche, con sus pequeñas hijas, al llegar a la calle angosta(callejón del 2 de Abril) que sale a la actual calle de Claudio Cruz, exactamente atrás del Palacio Municipal, sus hijas pegaron un grito al ver un bulto blanco, tirado a media calle. Reprendiéndolas, les dijo:

-¡No sean cobardes! Les voy a enseñar a tener valor y voy a pasar sobre ese cadáver. Y dejando a las dos niñas muertas de miedo a regular distancia del “cadáver”, que apenas alumbraba el claror de la noche, caminó junto a él y volvió con arrogancia.

-¿Habéis visto?., en estos casos hay que tener valor.

Las niñas, temblando y asidas fuertemente de la mano de su madre, pasaron sin abrir los ojos.

Al otro día, todo el mercado y el vecindario de Tlaxiaco, hablaban sobre el “cadáver aparecido. Los alguaciles, al saber el chisme, corrieron al sitio, y no hallaron cadáver ni sangre. Sólo un bulto de petate relleno de basura.

El cuento se regó como pólvora. Ya obscureciendo nadie pasaba por el tenebroso callejón o sí lo hacían por la esquina más cercana, rezaban un sudario por el alma en pena.

-¡Ay nanita!., comadre, ¡cómo tuvo usted valor de pasar encima del muerto?-La interrogaban las amigas del chisme.

-Yo he sido muy valiente siempre-respondía-.No es la primera cosa que me sucede en la calle. Si la atraviesa a las doce del día, o ya caída la noche, verá usted correr y brincar ahí a los duendes, como “Pedro por su casa”. Son como machines* de terciopelo, que suben y bajan las paredes igual que las lagartijas.

-¡Santo Niño de Nundiche!- decía la comadre horrorizada y con el cuero enchinado.

Entusiasmada por el efecto provocado, volvía al relato.

-Yo los  vi muchas veces, siempre subiendo y bajando, corriendo, agarrándose  de la mano. Tenga cuidado comadrita, ese callejón es muy “pesado”.***

-No deje a  las criaturas pasar por ahí, capaz de que se las llevan los duendes.

Terminada la discusión, poniendo  una cara de gárgola medieval y en medio de un gran suspiro.

La comadrita “se santigüaba” alejándose impresionadísima, mientras ella, muy satisfecha seguía como si nada hubiera ocurrido.

Sin embargo, la gente del pueblo evitó pasar por el lugar durante mucho tiempo y le llamó a esa vía “El Callejón del Susto”.

*Tradición que me comunicó el Prof. Villehado Guzmán.

**Monos, changos.

***Escenario propicio para cosas de ultratumba o sobrenaturales.

Tomado de Historia de Tlaxiaco (Mixteca). Alejandro Méndez Aquino. Publicación del Instituto Oaxaqueño de las Culturas y el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes.1996. Oaxaca, Méx.

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