LA ABUELITA MAZATECA

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Desde que conocí a la abuelita, no sólo por su frágil y delicada figura, sino fundamentalmente por mi educación colonizada, no le ponía mucha atención, a pesar de saber que era "una mujer de conocimiento". El problema real, es que la abuelita es una indígena mazateca. Los mestizos tenemos quinientos años de menospreciar a los indígenas de manera consciente o inconsciente. Era como la novena vez que estaba con la abuelita y la cuarta que "trabajaba" con ella. Siempre lo había hecho con interlocutores, entre otras cosas, porque la abuelita no habla "bien" el español, de modo que, siempre la acompaña su nuera Socorro, quien se encarga de los asuntos del mundo material de la abuelita y es su traductora "oficial".

La abuelita es tan impecable que, a pesar de que en "las ceremonias" es el centro y la conductora de los "actos", siempre se las arregla para pasar inadvertida. Aparenta ser un ser prescindible, como una discreta ayudante y siempre le presta la "batuta" a alguno de sus ayudantes.

Ella siempre que se sube a una auto por primera vez, se persigna y lo hace tan complicado, como si uno se subiera a una nave marciana. Viajaba callado por la carretera del Fortín.

Abajo las luces de Oaxaca comenzaban a encenderse y Monte Albán dibujaba su extraordinaria silueta en el atardecer moribundo.

La abuelita iba en la parte de atrás agarrada a la cabecera del asiento delantero y miraba atenta la vista desde el Fortín. Abuelita – le pregunté- le gusta viajar en coche. Me gusta –contestó. Al aproximarnos a la casa, que está en las afueras de un pueblo cercano a Oaxaca, pensé que sería un problema con los cuatro perros bravos que cuidan la casa.

Nos bajamos y cuando los perros nos encararon, sobre todo el líder, la abuelita le dijo –qué te pasa pistolero, tranquilo. Asombrosamente el "pistolero" y su pandilla se portaron como dóciles perrillos falderos. Como una enfermera de quirófano, la abuelita hábilmente empezó a sacar de su mágica bolsa todos sus utensilios, copal, velas, veladoras, platos, cerillos, mezcal, algunas plantas y especialmente los hongos.

Ella los trata con mucha reverencia y dulzura. Les habla en su idioma y los prepara a través de rezos mezclados en mazateco y español.

La abuelita me pidió que me recostara en un sofá. Desde mi perspectiva veía a la abuelita inmensa, moviéndose en torno a una mesa, preparando su "medicina". Finalmente quemó copal y zahumó un plato, pidiéndole a los hongos que me ayudaran a ver mi vida, mi trabajo y mis asuntos. Al término me extendió el plato con hongos y me dijo, - no tengas miedo.

La abuelita afirma que el hongo enseña la forma correcta de vivir. Dice que "trabaja" en el interior del cuerpo, que "sube y baja" de la cabeza a los pies, componiendo todo lo que está mal y que tiene efectos curativos que duran varios días.

Esa noche platiqué horas enteras con la abuelita. Hablamos de las cosas que veíamos en mi corazón, de lo que según ella, dice que pronto sucederá en la Tierra. La abuelita está muy preocupada del caos social, político y económico de México. Me dijo que pidiéramos por los "pobrecitos que no tienen nada para comer". – Tu Guillermo, la tierra está muy enojada, se le ha ofendido mucho, la gente tiene mucho pensamiento malo en su cabeza.

El mundo no se va a acabar porque, santísimo Señor Jesucristo es muy grande, pero si vamos a sufrir mucho.

Es sorprendente la claridad de pensamiento y la profundidad con que uno puede tratar los asuntos del mundo y los personales. La mente se vuelve diáfana y actúa a una velocidad que las palabras le llegan a estorbar. Uno se comunica con las personas de manera total y profunda, sin necesidad de usar la voz. La abuelita entonces me explicó muchas cosas de mi vida. Cada cosa se fue poniendo en orden y mi espíritu emanaba paz. Todo se reduce a "entender las cosas".

Los Viejos Abuelos y sus herederos directos, los pueblos indios de México, piensan que los seres humanos tenemos un "cuerpo físico" y un "cuerpo espiritual".

Las enfermedades son producto de los "daños" espirituales que nos hacemos en la vida y que se manifiestan como enfermedades en nuestro cuerpo físico. Por ello, los mazatecos en este caso, pretenden a través del hongo, entrar en estados alterados de conciencia y con la "velocidad" que da la silosivina, se puede "recordar y ver" lo que nos sucedió en la vida ordinaria y por lo cual, nuestro espíritu se dañó. Se repara con una sencilla plática.

Se "ve" el problema y en este caso, la abuelita, profundiza o filosofa sobre el tema, de modo que, uno queda claro y satisfecho de la respuesta encontrada al problema o problemas. Después como terapia, según el caso, el "paciente" tendrá que rezar, poner veladoras o hasta ir a los lugares donde sucedió el percance, que generalmente es en el campo, y hacer algún "mandado" que le deje el curandero.   Esa noche la abuelita y yo sellamos un pacto no escrito ni hablado. Nunca volvería a trabajar con terceras personas. Esa noche descubrí su maravilloso mundo.

Entendí su dulzura, su fragilidad y su inaccesibilidad. Me contó cosas personales de su vida. Me enseñó ese mundo frágil y delicado, construido con ternura y sensibilidad, que históricamente los no indígenas, jamás hemos podido penetrar y donde, se agazapa el potencial humano que en su momento los pueblos indios nos darán para encarar los desafíos del turbulento, tercer milenio.

 

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