Fiesta de Muertos en San Jerónimo Yahuiche

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 Dos pueblos en el mundo viven especialmente la pasión de la muerte, el egipcio y el mexicano. Y dos son las grandes fechas que unen a todos los mexicanos, de Norte a Sur, ricos y pobres, el día de Guadalupe-Tonatizin y la Fiesta de Difuntos.

En Oaxaca esta fecha es muy importante y mueve profundas estructuras psicosociales y culturales, que vienen desde los ancestrales tiempos de nuestros Viejos Abuelos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Cada pueblo, dentro de las más de ocho mil comunidades con que cuenta el estado, realiza la fiesta de manera diferente. Es increíble la diversidad, el sincretismo y la creatividad producto de las 16 culturas indígenas, la cultura mestiza y la cultura afroamericana. La creencia en una vida después de la muerte subyace como una sólida infraestructura cultural, que nos da aplomo y fortaleza a todos los pueblos de México contemporáneo.

 

En San Jerónimo Yahuiche, en el municipio de Atzompa, a los pies de Monte Alban y conurbado con la Ciudad de Oaxaca todo comienza el día 31 que se va al Mercado de Abastos a hacer la “plaza de muertos”. Como sabemos, cada día de la semana en los Valles Centrales un pueblo realiza un tinaguis o plaza. Sin embargo, el día 31 de Octubre, sea el día que sea, todos los pueblos grandes hacen “el mercado de muertos”, para que la gente venda y compre todo lo necesario para poner los altares y preparar las comidas. Flores de todos los colores, como la de zempuasuchitl con sus amarillo intenso, la “borla” con su profundo color guinda, las generosas flores de campo, que en esta temporada brotan por todas partes dándole al paisaje un aire de intensa nostalgia y belleza.  Las cañas es otro de los elementos fundamentales para hacer los altares, que deberán estar en todas las casas a partir del día 31. Los altares tienen un profundo significado filosófico-religioso, en el que se mezclan íntimamente la cultura del Anáhuac con la Occidental.

 
 

En el altar estarán los alimentos tradicionales que se les ofrecen a los difuntos que cada año “regresan a casa” a comer lo que más les gustaba en vida. Esta es la razón por la que además de poner sus fotografías, se les pone mole negro y tamales de fríjol, mezcal, cigarros, pan, fruta, dulces, flores, veladoras y algunas “gustos personales” de cada difunto, “para que se den su gusto”. El altar tendrá en la parte central una o varias imágenes religiosas, tanto de la casa como de la preferencia que tuvo el difunto.

Es costumbre que el 31 se pone el altar y en la noche se va al panteón a “alumbrar”, previa limpieza y ornato de las tumbas, por la noche se va a “socializar” con los vivos y los muertos. Se lleva una banda de música, comida y bebida y se vela hasta muy entrada la madrugada. El mexicano tiene trato íntimo con la muerte. Comparte, “bromea” y se divierte con ella.

 
 

El día primero “llegan los angelitos” por la noche. En efecto, la creencia es que primero llegan las almas que desencarnaron en la infancia. El día dos llegan “los fieles difuntos”. La costumbre es que ese día se junta a comer la familia y se invitan a los amigos.  A los parientes y amigos también se les lleva a sus casas pan, tamales y mezcal. Es un momento para reforzar los lazos familiares y de amistad en la comunidad. Vivos y muertos se reconcilian en la fiesta.

En esta ocasión la familia del Maestro Cecilio Sánchez y su esposa Emilia nos abrieron las puertas de su corazón y su casa para compartir la fiesta con una espléndida comida ofrecida a la familia y a los amigos.

 
 

En los Valles existe la tradición de la “comparsa”. Cada pueblo le hace sus variantes, pero básicamente los personajes son: la viuda, el padre de ella, el marido moribundo, el capataz, el doctor, el cura, el curandero o chaman, las muertes y los diablos. La trama de la representación consiste en que la mujer está muy afligida porque su esposo está muy enfermo y a punto de morir. Recurre a su padre para que le ayude y éste llama al capataz para saber cómo andan las finanzas. El capataz le informa que se cuenta con los recursos y entonces mandan llamar al médico, quien después de sacarles dinero, no puede curar al moribundo. Entonces se llama al cura y lo mismo sucede. Como último recurso se llama al curandero o chaman, que siempre llevará un atuendo con reminiscencias de los Viejos Abuelos y esté, si puede curar al marido, ante el malestar de las muertes y los diablos que se quieren llevar al enfermo.

 
 
 

Todos los personajes de la comparsa o “muerteada” son muchachos y ellos confeccionan sus atuendos y máscaras. Es natural, como en todas las fiestas de la Cultura Popular, ver integrados a los niños y a toda la familia. En este caso, los niños se disfrazan de diablos y acompañan a los “guencheros” en el recorrido que hacen por el pueblo; pues es la costumbre ir a algunas casas y hacer la representación, solo que se improvisan versos chuscos y los personajes toman los nombres de la familia visitada. Estos versos provocan la risa de la gente que los acompaña por su picardía, dado que se preparan con antelación tocando los puntos cómicos de cada familia.

 
 
 

Como todas las fiestas de la Cultura Popular, permite que el pueblo se una y a través de este tipo de actividades se fortalezcan los valores y principios que lo humanizan. El comunitarismo, la solidaridad, el compadrazgo, la amistad, así como los lazos familiares se vitalizan en estas fiestas donde todos participan.

 

La comparsa recorre todo el pueblo. La banda de música y los cuetes anuncian su presencia. El pueblo sigue a la comparsa entre gritos y algarabía. El mezcal corre de mano en mano, lo mismo que los cigarros. En cada casa se le entrega a la comparsa “sus muertos”. De esta manera, un miembro lleva cargando durante todo el recorrido un enorme “tenate” donde se deposita el pan, la fruta, el chocolate, el mezcal y lo que los anfitriones quieran regalar a los muchachos. Al final de la comparsa lo recolectado se divide en partes iguales.

 

 

 

La principal representación de la comparsa se realiza en el panteón del pueblo. Parte de la tradición es que la gente no debe reconocer a los integrantes de la comparsa. Para los niños es un evento verdaderamente mágico en el que su imaginación es estimulada de manera considerable y fija en su conciencia, casi de manera imborrable las tradiciones y costumbres, que cuando sea un hombre, las mantendrá vivas a pesar de todas las asechanzas y dificultades.

 
 
 

El pueblo va al panteón a recordar a sus muertos y a compartir con sus familiares y amigos a la muerte. Los antiguos mexicanos mantenían que para tener conciencia plena de la vida se requiere tener conciencia plena de la muerte. De la muerte, en un sentido profundamente personal, lo que nos libera de los miedos y de las ataduras. Así la muerte para el mexicano es vida. Conciencia de que este mundo es solo un paso temporal a la vida eterna.