Huipiles

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Los Huipiles de Marina Morales

Pocas personas he conocido con tanta pasión por los huipiles como esta mujer que ha dedicado gran parte de su vida a conocer, apreciar, valorar y disfrutar los textiles oaxaqueños. Promotora de cultura desde su juventud, amante de las tradiciones y costumbres de su región y de su estado, con una gran sensibilidad por las expresiones de la creatividad y sensibilidad de las mujeres indígenas y de los artistas. Dedicada por más de 15 años a “colocar” en todo el mundo el arte de las laboriosas manos de luz de las mujeres oaxaqueñas”, Marina nos concede una entrevista.

Huipil de Cadenilla, Región del Istmo.

“Mi nombre es Marina Morales Jiménez y nací en Tuxtepec, Oaxaca. Un lugar ubicado al norte del estado. El Tuxtepec de mis recuerdos, el que conocí de niña está siempre conmigo. Con sus calles sin pavimentar, con la gente transitando a caballo o en carretas. Era la costumbre en mi pueblo que por las tardes la gente salía con su manguera a regar la calle de tierra para evitar el polvo. Esos olores son la esencia de mi niñez, tierra mojada, olores, colores, atmósferas de una época sin tiempo. Cada que huelo la tierra mojada mis sentimientos vuelan de inmediato al Tuxtepec de esa etapa de mi vida tan feliz. Porque tuve la dicha de ser una niña y una joven muy feliz. Fuí afortunada al acompañar a mi abuelo a las carreras de caballos, montar a caballo, arrear vacas, cortar mangos en las huertas, bañarme en el río papaloapam, fue algo fabuloso para mí vivir esa vida campirana en compañía de mis abuelos.

Huipil de Usila elaborado en telar de cintura, Región de Tuxtepec.

Durante muchos años trabajé en el área cultural; en la Casa de la Cultura de Tuxtepec antes de cumplir los 18 años, en la Casa de la Cultura de Oaxaca, en el Instituto Guerrerense de la Cultura, en el Programa Calmécac en el estado de Morelos, en la Unidad Regional Oaxaca de Culturas Populares y en el Sistema Estatal de Casas del Pueblo del Gobierno del Estado de Oaxaca. Esto me ha permitido conocer desde adentro las culturas indígenas y populares. Entender su concepción del mundo y la vida, su cultura.

Huipil de Jamiltepec y pozahuanco de Pinotepa de Don Luis, Región Costa.

La pasión por los huipiles nació en mi tierra desde que era niña. Tenía como vecinos a una familia originaria de San Lucas Ojitlán y la señora de la casa siempre usaba huipil. Acostumbraba mucho ir con ellos porque me gustaba acostarme en una hamaca que tenían y desde ahí, me la pasaba mirando a la mujer porque usaba un huipil de Ojitlán con su estallido de colores que me hipnotizaba. Me fascinaba ver a la señora con sus trenzas en la cabeza, con sus huipiles de colores y sus aretes… y yo siempre me dije – algún día voy a usar huipil-.

Huipil de Cadenilla, Región del Istmo.

Desafortunadamente en mi familia no los usaban, pero cuando tuve la primera oportunidad de trabajar  y tener dinero, lo primero que hice fue comprarme un huipil. Y fue ese huipil rojo que me llamaba tanto la atención, de modo que antes de los 18 años me compré mi primer huipil. Después de ése, siguieron muchos más… hasta la actualidad. En aquella época mientras mis amigas se compraban otro tipo de ropa, zapatos, discos o joyas, yo me compraba huipiles. Para mí vestir un huipil es como el placer que alguien siente al portar una joya de oro, para mí portar un huipil es cubrirme con mi cultura y mi identidad, eso es algo que me da mucho orgullo y me exalta.

Falda de Guatemala, tela elaborada en telar de pedal y bordada a máquina.

Cuando me adentré en el trabajo cultural me pude dar cuenta de que es muy importante valorar la ropa y la indumentaria en general que se ha ido perdiendo por la penetración cultural. Por desgracia algunas personas ven a esta ropa como algo sin importancia. Si una mujer usa huipil, la gente mentalmente colonizada la rechaza, como si fuera un hecho vergonzoso, de baja estima social. Para mi no es así. Para mi portar un  huipil es motivo de un gran orgullo. Para ocasiones especiales me pongo lo mejor que tengo y lo luzco como el mejor traje que pueda vestir. Porque estoy consciente que la ropa y los textiles forman parte de mi herencia cultural.

Blusa bordada con chaquira, de San Pablito, Puebla.

Los huipiles, las blusas, los enredos, forman parte de la herencia que he recibido de mis antepasados. Porque cuando me pongo un  huipil no dejo de pensar en el tiempo que una mujer dedicó al huipil para poder hacerlo. Cuanta pasión, cuanto esmero y esperanza puso en su trabajo, al hacer hilo por hilo, jornada por jornada. Porque cada huipil está hecho con las manos amorosas y sensibles de una mujer. ¡Es que es fabuloso pensar en usar una prenda que es única!, no se repite. Las mujeres indígenas no trabajan en serie, porque ellas ponen su corazón en cada puntada, en cada hilada de su trabajo. No es una producción industrial. Es ropa hecha a mano, desde hilar el algodón, hacer y teñir los hilos, hasta tejer los lienzos. Esta es una sabiduría milenaria.

Blusa bordada con chaquira, de Santiago Pinotepa Nacional.

Tengo huipiles muy antiguos y se que en cada prenda, a lo mejor hay penas, hay lágrimas, hay alegrías e ilusiones de una mujer que lo estuvo tejiendo durante largas jornadas. En cada huipil se puede sentir el tiempo, la vida y los sentimientos de la mujer cuando lo bordó. Esto para mi es muy importante y le da una dimensión humana a las prendas que ninguna marca, por más cara que sea, se lo puede dar; y eso mismo es lo que yo valoro y me hace sentir muy bien cuando porto los huipiles.

Huipil de San Lucas Ojitlán, Región de Tuxtepec.

Siento que los huipiles despiertan esa parte dormida que muchas mujeres tenemos y que tiene que ver con lo más esencial, con  lo más genuino que hemos heredado de nuestra cultura. Esa parte íntima y muy antigua, como que aflora en mi cuando tengo la oportunidad de ponerme un huipil. No se cómo se exprese este sentimiento en palabras, pero corporalmente el cuerpo se “alegra” de ser vestido de esa manera y tal vez “recuerda” el sentido “humano de la vida”. Sentido que las máquinas, los textiles sintéticos y el consumo masificado nos han hecho perder.

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Vestido de San Antonino Castillo Velasco, Región de los Valles Centrales.

Por desgracia hay muchas mujeres que viven esclavizadas a una moda que no está pensada para ellas, para su cuerpo y su fenotipo. Que viven esclavizadas en comprar, comprar y comprar, una serie de ropa que generalmente está elaborada con fibras sintéticas, que son hechas industrialmente para otro tipo de cuerpos y las mujeres están esclavizadas a esa moda y se compran esa ropa que para mi es un fraude. La mujer que quiere ser diferente y se compra ropa de marca, se estandariza y a final de cuentas, se convierte en un maniquí. La diferencia es que es más cara, pero está hecha en serie…es igual.

Huipil de Guatemala, elaborado en Telar de cintura.

Los huipiles no son iguales, se parecen en colores, en manejo de formas, pero no son iguales, cada uno es una prenda única e irrepetible. Con el huipil aflora esa verdadera mujer que tenemos, esa mujer antigua e inmutable, de cientos de años que vive en todas nosotras. Esa mujer primigenia, natural…esencial, sagrada.

Huipil de Guatemala, elaborado en Telar de cintura.

Para mí es mágico usar un huipil, me siento otra. Cuando hablo y porto huipiles, soy esa mujer que aprecia nuestra raíz cultural y soy esa mujer oaxaqueña que se siente orgullosa de tener una parte importante de la herencia cultural indígena y de disfrutar plenamente de ese maravilloso patrimonio cultural que vive en los huipiles. Son varios miles de años de una tradición y una forma de ver y entender el mundo y la vida. Yo creo que no solo las mujeres, sino todos los mexicanos en general deberíamos revalorar lo nuestro, pues a fin de cuentas es lo único que nos sostiene.

Huipil de San Andrés, Chiapas.

Necesitamos revalorar nuestra cultura, nuestra alimentación tradicional, nuestra medicina ancestral, nuestra educación tradicional, nuestros milenarios valores humanos. Y esto no es cerrarse al mundo, a la moda y a la tecnología. En mi trabajo yo uso huipiles y también computadoras. Creo que podemos tomar lo mejor de afuera y revalorar con más fuerza lo nuestro. No existe problema o contradicción, solo en las cabezas colonizadas.

(Bordado hazme si puedes)

Vestido de San Antonino Castillo Velasco, Región de los Valles Centrales.

La mayor parte de mis huipiles son de Oaxaca, también tengo de Chiapas y Guatemala. De Puebla tengo unas blusas que considero son prendas de arte, bellas. El huipil que más me gusta es el de gala de Ojitlán, en el Distrito de Tuxtepec existe una gran variedad de huipiles. Dentro de ellos, existen huipiles “de diario”, de media gala y de gala. El huipil de gala de Ojitlán, el rojo es el que a mi me encanta. Está hecho en algodón hilo por hilo, luego está tejido en un “telar de cintura”. Una mujer diestra se lleva un mes en elaborar este huipil.

Huipil de Guatemala, elaborado en telar de cintura.

Otra indumentaria que me gusta es el “pozahuanco”, que está teñido con la tinta del “caracol púrpura panza” y es de la región de Jamiltepec en la costa. Para hacerlo la mujer selecciona primero el hilo, después se lleva las madejas a la orilla del mar, en unos acantilados que es donde vive el caracol, por lo que representa un gran riesgo para las personas que lo hacen y luego bajan a donde rompen las olas contra las rocas y “ordeñan” al caracol uno por uno, le extraen el tinte y lo vuelven a poner donde lo encontraron. Nuestros artesanos saben lo que representa el caracol para ellos y lo cuidan. Existe una relación de respeto total entre el indígena y el caracol. Tú me das tu tinte y yo te cuido y te protejo.

Huipil de San Pedro Amuzgos, Oaxaca.

El telar de cintura es un instrumento producto de la sabiduría de nuestros antepasados. Consiste en un palo que se sujeta al tronco de un árbol con otros hilos y ahí se coloca el “hilo base”, que es el blanco, y luego a ese hilo se le va tejiendo el hilo de color. La mujer tiene que hincarse en el suelo frente al árbol y forma un ángulo con los hilos y lo detiene contra la cintura, por eso se llama telar de cintura. Para mi las mujeres que hacen huipiles son verdaderas artistas, llamarles artesanos y a su trabajo “artesanías” es desvalorizarlo.

Blusa de San Antonino Castillo Velasco, Región de los Valles Centrales.

Porque ellas disfrutan profundamente cada huipil que hacen, es una experiencia única y una experiencia mágica, en la cual la mujer está dejando su esencia básica de ser mujer. Las mujeres cuando tejen tienen ojos de amor, el contacto con el hilo es indescriptible, porque no solamente tejen hilos, ahí se entretejen sus anhelos, sus esperanzas, sus alegrías y muchas veces sus tristezas.

Huipil sencillo de San Andrés, Chiapas.

Gracias al trabajo que realicé en las casas de cultura pude conocer y relacionarme con muchas personas que se dedican a la producción de los huipiles. En Oaxaca existe mucho intermediarismo y a mí me gustaba tratar en los pueblos con las productoras directamente. En aquella época promovíamos institucionalmente la producción de los huipiles a través de exposiciones, ahora lo hago de manera personal y consigo piezas únicas. Existe mucha gente que me escribe de México, E.U. y Europa y que me buscan para que les consiga huipiles de buena calidad. El problema de la comercialización es que como en todo, existe cada día mayor número de huipiles hechos para “gente que no conoce” este complejo arte. El turista lo compra como “artesanía”, como souvenirs y no está dispuesto a pagar su verdadero valor y por lo mismo adquieren huipliles muy comerciales y de mala calidad por esos precios. El huipil es caro y es para personas que saben apreciar la calidad y la manufactura.

Huipil de Guatemala.

Por desgracia cada día es menor el número de mujeres indígenas que usan el huipil. Para las mujeres indígenas resulta muy caro usar esta prenda tradicional. Un huipil es caro y ellas prefieren vender el huipil y tener para comer. Solamente que sea una ocasión muy especial: la fiesta del pueblo, algún bautizo, boda, es que la mujer se pone el huipil como un traje de gala. Por la pobreza en que se ha condenado a las comunidades indígenas, las mujeres están usando, no por su gusto, telas sintéticas y ropa de fábrica de mala calidad. Yo pienso que es la mujer la que puede apoyar en este problema. Si la mujer urbana revalorara el huipil y la cultura de que proviene, usándolo como lo que es, un traje de gala, y pagara su justo precio, la mujer indígena tendría ingresos suficientes y podría usar también el huipil. Las mujeres somos las que podemos salvar al huipil.

Enredo elaborado en telar de cintura de San Andrés Chicahuaxtla.

Pozahuanco elaborado en telar de cintura, de Pinotepa de Don Luis

Para mi sería muy difícil vender “mi colección” de huipiles. He dedicado mucho tiempo, pasión y energía en ella. Mucho de mi trabajo, mi tiempo y mis ahorros está en esos huipiles. En todos y en cada uno de los huipiles está una parte de mí. Tal vez lo que me gustaría es que se exhibieran en un museo. Ya he realizado exposiciones con mis huipiles en varios estados del país. Cuando veo mis huipiles con una buena museografía y veo a la gente que se maravillan cuando les explico de dónde es cada uno y cómo se hacen, para mí, es algo muy hermoso y especial, que es difícil de explicar”.

Enredo de San Juan Guichicovi, Pozahuanco de Pinotepa de Don Luis, Enredo de San Andrés Chicahuaxtla y Enredo de Yalalag.

 

Ceñidores elaborados en telar de cintura utilizados para sujetar los diversos enredos.

Ceñidor

Ceñidor.

 

 


Marina Morales

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