El cielo de mi pueblo

Escrito por Guillermo el .

Sebastian Antonio Cabrera, nació en Santo Domingo Ingenio, Oaxaca, en la región del istmo, el primero de abril de 1970, es profesor de profesión; estudio la licenciatura en educación primaria en la Escuela Normal Urbana Federal del Istmo, cursó la maestría en Innovaciones Educativas, en la Universidad Lasalle, Unidad Joaquín Cordero y Buenrostro. Actualmente se desempeña como Asesor Permanente del Centro de Maestros 2004, de la Heroica Ciudad de Juchitán de Zaragoza. En este 2006 ganó un segundo lugar nacional en el concurso de narraciones y testimonios, convocado por la Subsecretaría de Educación Básica, La Dirección General de Formación Continua de maestros en Servicios y la Secretaría de Educación Pública. Todos sus trabajos son inéditos.

El cielo de mi pueblo.

 

Cuando preguntas a un niño sobre él, te cuenta historias fantásticas; si preguntas a un abuelo sobre su color azul, narran leyendas místicas que inundan de imágenes tu corazón; si te acercas a una anciana y preguntas por él, con nostalgia te contará las hazañas del ayer.

 

Todos los días transcurrían sin importancia en mi pueblo, todo era normal, la rutina de ir y venir, ver siempre hacia el frente y a los lados nunca hacia arriba, hasta que un día vi pasar una alegre gaviota, la seguí con la mirada, me di cuenta de la existencia de un azul y me dedique a observar e investigar sobre él, le puse atención a la plática de los abuelos, a los juegos de los niños, a los colores con los que se disfraza durante el día y en todo el año, y empecé a mirarlo más lentamente, con ojos de girasol.

 

Ese inmenso gigante azul, que se despierta todos los días antes que el sol. Con su flauta de sonidos étnicos, alimenta a dios e invitan a embribar.

Imita a los domadores de serpiente, día a día toca melodías para levantar al sol, lo hace emerger de su rincón oscuro, para aclararse y poder presumir su inmenso color azul.

Al ver al sol que empieza a levantar el vuelo, lo alcanza a brincos y le pone su cordón para convertirlo en cometa luminoso de seis a seis. Aflorando su narcisismo al reflejarse cual gigante espejo luminoso de color azul.

 

Sí, ese mismo cielo azul místico del que cuentan sus historias celestiales los abuelos de mi pueblo, al cual irán todas esas personas que se portan bien, ese mismo cielo azul que los niños de barro rojizo, de arcilla tostada quebrada al sol quieren saber quien es y le temen un temor alegre en cada estación.

 

Su mejor esplendor nos lo regala en tiempo de calor, cuando la tortolita canta solitaria en un huisache. Es como una sombría que nos cubre de alegría ante el calor, con el cual los niños juegan a contar estrellas por las noches en que no pueden conciliar el sueño por el sudor. Ese azul de día de verano, en que las espigadas palmeras brillan como esmeraldas tratando de opacar su azul. El mismo que entristece al observar el blanco vuelo de gaviotas que lo cortan  y dividen en dos; las ranas comienzan a cantar anunciando la cercanía de las aguas.

 

Cuando las lluvias empiezan a acercarse a mi pueblo, ese gigante se levanta llorando de tristeza, el sol se ha soltado de su cuerda y se ha ocultado en su rincón. Por culpa de esa sombra gris que recorre lentamente sus dominios,  cubriendo esas inmensas praderas a las que en temporada clara les ofrece su alegría y las convierte en un prisma que descompone la luz en una maraña de reflejos multicolores en el horizonte, la sombra gris se transforma en lluvia y entorpecer su trabajo, convirtiendo al prado en un aburrido soliloquio verde. Los zanates azules, ya no vuelan en parvadas polifónicas, pues tiritan de frío al no poder volar, el cielo se molesta, porque  no podrá reflejarse más en el río sonoro de corrientes milenarias, tiene que esperar cubierto de gris y agua.

 

Pero todo pasa y vuelve a levantar al sol con su flauta, los chiquillos abrigados corren a atrapar helicópteros y algodones de pochote, se acercan a la rivera del río a ver las hojas de los higos que caen en el agua clara y se dan cuenta del hermoso resplandor azul que besa apasionado su esplendor, la alegría ha vuelto, el cielo es inmensamente azul, le agradece al viento que se ha llevado la mancha gris, su azul se cuela entre las copas deshojadas de los robles y guanacastes, ilumina los tejados de color marrón, el horno de ladrillo empieza a humear, no se acalambra de vergüenza pues el viento lo ha de limpiar y dejará su azul brillar. Por las tardes comienzan a brotar lunares multiformes llenos de color, jalados por chiquillos que corren sin parar,  se elevan compitiendo a alcanzar la gran bóveda azul. Azul del mar.

 

Los torbellinos de polvo hacen su aparición, el frío empieza a calar, su majestuoso azul empieza a oscurecer, las nubes vuelven a aparecer, son pesadas y el viento no las puede deshacer, el cielo se molesta y llama al sol quien se encuentra de vacaciones, la parte que queda azul no lo puede creer se ha manchado de un nubarrón y le da pánico poder desaparecer, le pide de favor al frío que le deje un espacio entre él. Todo es triste y aletargado, los niños de barro les escurre el moco por la nariz, las iguanas no pueden salir pues el cielo azul se a puesto su bufanda gris.

 

El sol se adelantó, inundó mi pueblo de luz, el cielo azul se despertó cabizbajo,   había un gran resplandor, mil colores salidos de un baúl. Sintió que su azul se opacó, las niñas de carrizo y chamizo corren entre flores y frutos que despiden indescriptibles olores y sabores; buenas amigas le contaron una historia de amistad y compañía que lo hizo reflexionar, cambió su rostro triste y, se llenó de alegría.

 Así es el cielo azul de mi pueblo todos los días.

Asunción Ixtaltepec, Oax. Otono de 2006.

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