Hierve el Agua

Hierve el Agua

Hierve el Agua

Nuestros Viejos Abuelos mantenían un trato íntimo con la Tierra. Para ellos la Tierra era un ser que estaba vivo, que sentía y que nos amaba. Se mantenía una relación entre Madre e hijos. Como todos los seres vivos, la Tierra posee partes más sensibles que otras. Indiscutiblemente que en los Valles de Oaxaca emana, desde lo más profundo de sus entrañas, una energía que irradia a todos los seres vivos y se conecta con el cielo. Ancestral puente divino y místico. Oaxaca es un lugar donde la Tierra y el cielo se besan.

Hierve el Agua es un sitio esencial en esta relación amorosa entre el ser humano, la tierra y el universo.

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La Sierra Norte

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Cualquier día.

Subir a la Sierra es una maravillosa experiencia. En unos minutos usted entrará en contacto con la naturaleza. Los bosques de coníferas, las montañas, el viento, su gente, le permitirán encontrar “una realidad aparte” en estas bellísimas montañas.

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San Francisco Cajonos

San Francisco Cajonos

San Francisco Cajonos

 En lo más alto de las montañas de Oaxaca, en una de las festividades más importantes de nuestra cultura, entrada la noche, con un cielo limpio y despejado, con una hermosa luna grande y generosa, en el centro de un panteón, tuve la oportunidad de disertar, tal vez, la platica más emotiva sobre los Viejos Abuelos, que he podido pronunciar en toda mi vida.

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SANTA MARÍA TLAHUITOLTEPEC

SANTA MARÍA TLAHUITOLTEPEC

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En el corazón de las montañas de Oaxaca, se encuentra una de las poblaciones más significativas del estado, en cuanto a música y cultura se refiere. Centro palpitante del acontecer más íntimo de los pueblos mixes y poseedor del legado y la tradición.

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EL ZEMPOALTEPETL corazón espiritual Mixe

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Oaxaca es la reserva espiritual de México. No solo porque han sido sus cadenas montañosas una muralla natural para el invasor y el depredador foráneo.

Ni tampoco porque en sus entrañas se ha guardado el tesoro de nuestra identidad más esencial.

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San Francisco Cajonos


Escrito por Guillermo el .

 En lo más alto de las montañas de Oaxaca, en una de las festividades más importantes de nuestra cultura, entrada la noche, con un cielo limpio y despejado, con una hermosa luna grande y generosa, en el centro de un panteón, tuve la oportunidad de disertar, tal vez, la platica más emotiva sobre los Viejos Abuelos, que he podido pronunciar en toda mi vida.

 

Gracias a la generosa invitación de un grupo de jóvenes nacidos en San Francisco Cajonos, en la Sierra Norte, que están profundamente preocupados por acrecentar, promover y difundir su cultura propia, puede participar de este maravilloso hecho, que ha quedado impreso en mi espíritu para toda la vida.

En efecto, este 2 de noviembre pasado, tuve la oportunidad de exponer el tema de, La muerte en el México Antiguo, a los habitantes de San Francisco, quienes se reunieron con sus muertos para escuchar un concierto de marchas fúnebres ejecutado por la espléndida Banda de Música, integrada en su mayoría por jóvenes del pueblo.

El panteón está enclavado en un pequeño promontorio que deja a sus pies una impresionante vista de las montañas de la Sierra Norte y muy en especial, al cerro sagrado llamado La Mesa , que indiscutiblemente es un lugar de poder, que los Viejos Abuelos utilizaron para comunicarse con lo inconmensurable. El pequeño panteón tiene una capillita muy modesta y está cercado con una vieja barda hecha de adobe. Las tumbas muy sencillas y antiguas, pero todas llenas de coloridas flores del monte y sus infaltables veladoras. Al entrar la noche el sitio se hechizó de magia y las personas llegaron con la música.

En medio del panteón los músicos hicieron un círculo y regalaron a sus muertos aquellas notas musicales que llegaron hasta los dominios del Señor y la Señora de la Muerte. La gente pese al frío, se sentaba sobre las tumbas y compartía con sus difuntos el lenguaje del espíritu y la voz del alma oaxaqueña. Los sonidos de la banda de música se escuchaban claros y afinados, entre niños juguetones, perros compañeros y gente de todas las edades, la música los unió con sus muertos. La luna curiosa se fue a acercar al panteón y generosa iluminó la escena que parecía sacada de una película de Kurosawa.

Sin preámbulos inicié mi charla, con una voz ajena a mi, empecé a platicar con una extraña fuerza interior, lo que significaba la muerte para los antiguos mexicanos desde el punto de vista filosófico. La gente escuchaba atenta, con genuino interés y respetuosamente. Sin extenderme mucho, concluí que mientras los mexicanos sigamos festejando a nuestros muertos, tendríamos la seguridad de seguir vivos. Entonces, ...¡que vivan los muertos!, y la banda continuó con su concierto nocturno, para salir del panteón y dirigirnos a la plaza frente al museo de sitio del pueblo, para bailar algunos sones y danzones.

 

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El jueves salimos muy temprano y tomamos para Tlacolula y después para Díaz Ordaz, de ahí nos trepamos por una empinada carretera asfaltada que asciende hasta Cuajimoloyas, donde los vientos fríos siempre cortan la cara. Serpenteando entramos al camino de terrecería y dejamos atrás a los Valles. Los majestuosos bosques, casi siempre empapados por la neblina, que melosa los conciente y acaricia casi todo el año y nos sorprenden de vez en cuando con sus ruidosas y juguetonas cascadas y riachuelos. Llano Grande queda atrás y empezamos la bajada al otro lado de las montañas. Ese sube declive nos lleva primero a San Miguel, después a san Pedro y finalmente a San Francisco, todos estos pueblos de la región de los Cajonos.

Los pueblos son pequeños y están enclavados en las laderas de las montañas, como prendidos a estas inmensas masas de vida que pacientes y amorosas, resisten el milenario existir de los seres humanos. Los templos y las presidencias municipales son junto con las escuelas y los centros de salud, las joyas arquitectónicas de los pueblos. Y es que no puede ser de otra forma, es la valiosa herencia de nuestros Viejos Abuelos, quienes enseñaron a sus hijos a vivir en la austeridad y sobriedad como una forma de entender la vida y el mundo. Las construcciones importantes son y han sido, desde antes de los españoles, los edificios de uso comunitario. La instituciones y la autoridad, tienen en las comunidades un verdadero significado de respeto, no surgido de la amenaza o la represión, sino del respeto más puro por un necesario principio de autoridad. Los mexicanos fácilmente tenemos más de tres mil años de vivir en complejas comunidades y tenemos una gran experiencia de organización comunitaria.


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Pienso que algunos de los valores humanos, familiares y sociales que aún perduran en estas apartadas comunidades, son por decirlo de algún modo, la reserva espiritual de México . Estos valores, terca y obstinadamente guardados. Estos principios dignamente defendidos, seguramente se requerirán para construir ese México más justo y democrático que todos deseamos.

Tras estar algunos días en el pueblo y compartir las tortillas, los tamales, el mole, los frijoles, el exquisito pan, el chocolate, el café y el atole. Las largas pláticas al lado de la cocina con leña y escuchar las animosas conversaciones en zapoteco entre las personas del pueblo, fui entendiendo poco a poco que, para pensar bien en la coqueta idea de irme a vivir a la Sierra , primero debía de cambiar mi forma de pensar.

En efecto, de una manera sencilla me hizo ver esta gente que, para vivir en estas comunidades en los tiempos postmodernos, un citadino necesita entonarse, afinarse diría Esteban (clarinetista de la banda del pueblo), a la melodía que cantan los árboles y el viento, al ritmo en que avanza la neblina, al vuelo de los zopilotes y los cuervos y hasta, a la presencia invisible del venado. Dicho en otras palabras, al buen vivir, al sencillo vivir, al humano vivir.

Y no es fácil y mucho menos para ellos, que están sufriendo el desangrado de la migración y los estragos de la educación superior, que implica la pérdida de sus mejores hijos. Es más fácil sobrevivir en los cinturones de miseria de las grandes metrópolis, que vivir apegados a su milenaria cultura en lejanos lugares de las sierras, selvas o desiertos.

Cada vez que convivo en estas comunidades, aprendo más sobre lo que son ciertos valores y principios, que viven medio adormecidos en mi ajetreada vida citadina, pero que algo muy adentro de mi, me da la certeza de que son lo mejor que poseemos los mexicanos.

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